Hoy el
“vale todo”, camuflado como apología de la diversidad, se ha ido convirtiendo
en parte sustancial de la opinión políticamente correcta. Podemos hacerla
arrancar esa posmodernidad de la famosa cita de Nietzsche de que “no hay
hechos, solo interpretaciones”(1).
No hay nada, pues, ahí afuera que sirva como referencia para diferenciar y
jerarquizar unas interpretaciones respecto de otras. No hay nada fuera del sujeto, podríamos decir en clave idealista. “El Yo es todo”(2),
que, anticipándose, había dicho Fichte; es decir: “la interpretación lo es
todo”, lo circunstante es inconsistente, no aporta nada (no es, como sostiene
Ortega, límite y dificultad). Así que Nietzsche pudo decir también, en esa
misma línea: “En última instancia lo que amamos es nuestro deseo, no lo deseado”(3).
Porque, en realidad, lo deseado (lo que está ahí afuera, en la circunstancia)
no es sino una invención, una construcción que hace el deseo. En consecuencia, “Vale
todo”, porque todo, esto es, lo diverso, lo informe… cualquier cosa
cumple la exclusiva función de servir de lámina de Rorschach sobre la que
proyectar lo que a cada uno le parezca. Vale todo en arte, en moral, en
política… Y por esa vía de que el deseo de cada cual resulta ser soberano va
asomando el descrédito de cualquier institución sobre la que se pueda sostener
la idea de sociedad como algo compartido. ¿A dónde iremos a parar?
[1]
Friedrich Nietzsche: “Fragmentos póstumos”, Tº IV, Madrid, Tecnos, 2010, p.
222.
[2]
Citado por Ortega en “Las dos grandes metáforas”, “El Espectador” Vol. 4, O. C.
Tº 2, p. 400.
[3]
Friedrich Nietzsche: “Más allá del bien y del mal”, Madrid, Alianza, 1980, pág.
111.
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