domingo, 27 de febrero de 2011

LA PULSIÓN UTÓPICA Y OTRAS CATÁSTROFES

(PUBLICADO EN EL CORREO DE BURGOS EL 13 DE JULIO DE 2011)

LAS VINCULACIONES ENTRE EL PENSAMIENTO UTÓPICO, EL CASO FAISÁN Y EL 11-M

Hace unos días reflexionaba con una amiga –no andábamos especialmente originales– sobre la difícil tarea de vivir. Nos centrábamos sobre todo en la espesura y responsabilidad añadida que adquiere tal tarea desde el momento en que uno se adentra en el periplo de la paternidad. Yo recordaba en ese contexto cómo Juan Jacobo Rousseau (1712-1778), el principal promotor del pensamiento utópico en la era contemporánea (sobrepasados ya los ensayos literarios a este respecto que en la etapa que le precedió llevaron a cabo Moro, Bacon y Campanella), tenía unas peculiares ideas al respecto: consecuente con su afirmación de que el hombre no es social por naturaleza, de que incluso la familia es, según él, una institución artificial que, como todas las que han obligado al hombre a socializarse, ha contribuido a su degeneración, Rousseau había encontrado una manera contundente de resolver esas dificultades que conlleva el ejercicio de la paternidad: los cinco hijos que tuvo con Thérèse Lavaseur, una criada analfabeta (más próxima, pues, al estado natural añorado), los envió uno tras otro, nada más nacer, al orfanato. Ya que no cabalmente de sus hijos, Rousseau es considerado, sin embargo, el padre de la Pedagogía, lo cual a mí me produce cierta perplejidad, incluso me lleva a sospechar de los principios en los que fundamentó tal disciplina, según los cuales no hay sino que dejar que el niño imponga su espontaneidad natural por encima de los artificios civilizadores para que vaya abriéndose paso el “hombre nuevo” que nos habrá de redimir de las perversiones de la vida en sociedad. A sus propios hijos les dejó demasiado abierta la posibilidad de que su espontaneidad natural aflorase (síndrome del padre ausente lo llaman también).

El espíritu de la época (al menos una de sus vertientes), sesgado hacia lo natural, hacia lo que las cosas son en origen, hacia las causas eficientes, y desdeñando las metas o fines que dan sentido a las cosas, inspiró a Rousseau su idea de que el hombre era bueno por naturaleza, cuando aún era un ser solitario, prerracional y sin lenguaje, pero que la sociedad, la razón y el lenguaje vinieron a pervertir. Heredaba el pensador francés la antigua perspectiva del pensamiento mítico, según la cual procedemos de una edad de oro, de un estado natural paradisíaco; desde que aquello quedó atrás, la vida sería una caída, un venir a menos. El mecanicismo, el paradigma científico ya entonces dominante, aplicado a las humanidades, no tardó mucho en descubrir, de modo complementario y coincidiendo con aquella perspectiva, que no había nada que esperar, que todo, una vez que hemos nacido, es absurdo, que no hay una finalidad que dé sentido a nuestra vida. No hay causa final, sólo causas eficientes: Aristóteles había muerto, y Dios (que se lo digan a Nietzsche) no se encontraba por entonces nada bien. Lo original, lo natural (la cuerda que se da al reloj del universo) era lo auténtico y sustancial; desde entonces, según esto, todo transcurre cuesta abajo, en la dirección de la entropía. El hombre también: es lo que acaba pasando cuando se confunde al ser humano con una máquina. Hegel, representando otra vertiente del espíritu de la época contrapuesta a la de Rousseau, abogó por la razón, y al contrario que los mecanicistas, que buscaban las causas eficientes de los fenómenos, dijo que “la razón es obrar con arreglo a un fin”.

Las utopías que nacieron de aquella otra forma de mirar naturalista reprodujeron la pauta que Rousseau había fijado: el Romanticismo recogió la idea de que con la llegada de la razón el hombre había empezado a decaer, y buscó la manera de regresar hacia el sentimiento puro, aquél que aún no ha sido contaminado por el artificio de lo racional. Marx, Engels y los socialistas utópicos pusieron el énfasis en la aseveración rousseauniana de que la propiedad privada era la raíz de todos los males sociales, y propusieron el regreso a los orígenes, al estado natural: el del comunismo primitivo. Engels, en su libro “El origen de la familia, de la propiedad privada y del estado”, propone asimismo regresar a las formas de comunidad previas a la aparición de esas tres instituciones aludidas en el título, a las que eran propias de la horda salvaje, y así, aspira a la restauración de la comuna, en que maridos, mujeres e hijos son todos ellos puestos, efectivamente, en común (forma sublimada de aquélla que prefirió Rousseau para sus propios hijos), y a la socialización de la propiedad. Asimismo, Marx y Engels consideraban que el Estado y el Derecho eran una superestructura jurídico-política puesta al servicio de la dominación del hombre por el hombre, el cual volverá a ser libre, por lo tanto, cuando deje de haber leyes. Rousseau tenía claro que el progreso era la causa de todos los males, pero el marxismo, que siguió su pauta, ha cursado, y de modo más soterrado sigue cursando aún, como la apoteosis del progresismo. Debe de ser por eso de que, como decía Ortega, no sabemos lo que nos pasa (no sabemos si vamos o venimos, si avanzamos o regresamos)… y eso es lo que nos pasa.

No han atravesado con suavidad las ideologías utópicas la historia de España… ni han dejado tampoco de hacerlo del todo. Pablo Iglesias, fundador del PSOE en 1879, dispuesto a alcanzar el añorado estado natural que propuso Marx, aquél en el que la ley resultaba ser una rémora procedente de la sociedad de clases, llegó a declarar en Las Cortes: “El partido que yo aquí represento (…) está en la legalidad mientras la legalidad le permita adquirir lo que necesita; fuera de la legalidad cuando ella no le permita realizar sus aspiraciones” (Diario de Sesiones, 5 de Mayo de 1910). Largo Caballero, histórico dirigente del PSOE y de la UGT en los tiempos de la República, demostrando que tenía plena conciencia de a dónde iban a desembocar sus planteamientos políticos, se ratificaba en aquellas mismas ideas seis días antes de las elecciones de febrero de 1936, en un mitin en el Cinema Europa de Madrid, en donde afirmó: “Vamos, repito, hacia la revolución social… mucho dudo que se pueda conseguir el triunfo dentro de la legalidad. Y en tal caso, camaradas, habrá que obtenerlo por la violencia…”. No era sino la manera de ser consecuente con unos principios que el mismo Pablo Iglesias había dejado enunciados cuando dijo: “No nos interesa hacer buenos obreros y empleados, buenos comerciantes. Queremos destruir la sociedad actual desde sus comienzos”. Desde que abandonamos el “estado natural”, se entiende.

Nos debería caber el consuelo de que estas declaraciones pertenecen a tiempos pasados, de que el utopismo ha dejado de ser ya una característica de nuestros partidos “progresistas”, y que la ley ha dejado de ser considerada un instrumento de opresión que el “avance” de la historia acabará suprimiendo. Pero uno no puede dejar de recordar que, ahora mismo, el juez Pablo Ruz está instruyendo un juicio que, por el momento, ha conducido a señalar a los aparatos del estado hoy regido por los socialistas e incluso al mismo Ministerio del Interior como posibles implicados en el llamado “caso Faisán”, en el que presuntamente se cometió un caso de colaboración con banda armada al producirse por parte de las fuerzas de seguridad del Estado un chivatazo a ETA que impidió la desarticulación de su aparato de extorsión en los tiempos de abierta negociación política del Gobierno con la banda (mayo de 2006). Tampoco puede uno olvidar que, en sentido contrario, la ley no supuso asimismo ningún obstáculo para quienes desde el Gobierno de la nación, con el mismo signo político entonces que ahora, pusieron en marcha el terrorismo de estado de los GAL. Ni que el Ministerio del Interior actual lleve un año poniendo trabas a las solicitudes de documentación por parte de la magistrada encargada de juzgar al que fuera jefe de los TEDAX en el momento del atentado del 11-M de 2004, Juan Jesús Sánchez Manzano, acusado de falso testimonio, omisión del deber de perseguir delitos y encubrimiento por ocultación de pruebas durante la investigación de la masacre, impidiendo de esa manera que pueda seguir adelante un juicio que podría aportar luz a las inquietantes sombras que pesan sobre aquel atentado, del que ni siquiera sabemos quiénes colocaron las bombas en los trenes, no digamos ya de los autores intelectuales.

En fin, situaciones como éstas siguen haciéndole dudar a uno de que el imperio de la ley sea un principio que todos los partidos en España acepten como incuestionable. Pero aún hay algo que invita más a la preocupación: que la opinión pública española haya metabolizado estos comportamientos de nuestras instancias públicas y, seducida por el utopismo antijurídico, deje de considerarlos relevantes a la hora de plantearse a quién debe votar.

sábado, 12 de febrero de 2011

NO SOMOS NADIE

Una de estas pasadas tardes estuve en una Misa en memoria de un difunto. Atrapado en el ritual, no podía evitar que mi parte incrédula me empujara a ver aquel acto como penúltimo residuo de una mentalidad mágica en trance de extinción. No creo, me decía, que con nuestras oraciones abreviemos la penosa estancia del alma del difunto en el Purgatorio. Cuando mi atención se centraba en lo exterior, sentía las miradas que las mujeres de edad dirigían a mi grupo, bastante lejos de cumplir con el perfil propio de asistentes a una Misa vespertina en día de labor. Mis pensamientos, en busca de algún punto de fuga de aquel estricto horizonte, divagaban: “si yo fuera cura, me decía, tendría que pedir la baja; esta tendinitis del hombro que me está matando no me dejaría elevar los brazos como hace este buen hombre mientras dirige sus preces al Altísimo”. En fin, que entre unas cosas y otras no estaba en lo que tenía que estar.

Y sin embargo, reconocía que aquel ritual no me era ajeno ni antipático. A dar razón de esa paradójica proximidad acabaron volando mis pensamientos, de una manera un tanto alambicada, por supuesto, como casi siempre. Juntando los retazos de las reflexiones que allí, en la iglesia, empezaron a fluir, la cosa queda más o menos así:

Para el pensamiento de apertura acudió, como suele hacer, Ortega, que siempre tiene algo incitante que decir: “Las cosas, cuando faltan, empiezan a tener un ser”. O dicho de otra forma: el espíritu, el ser, es el vacío que dejan las cosas cuando reparamos en que (ya o todavía) no están. Platón decía que conocer no es hacer registro de lo evidente, sino recordar algo que no es posible ver. Crecemos no porque nos alimentemos de cosas tangibles (eso sólo cumple funciones de mantenimiento) sino porque vamos llenando el vacío de lo que nos falta. Lo que somos no es lo que de nosotros vemos y tocamos, sino que nuestro perímetro coincide con el que marca la línea de nuestro horizonte espiritual, de lo que nos falta ser, de lo que recordamos o, en general, imaginamos… El núcleo de lo que somos está hecho de vacío. María Zambrano lo decía así: “El hombre podría definirse –una de tantas posibles definiciones– como el ser que alberga dentro de sí un vacío (…) un vacío que ha de llenarse”. En conclusión, muy congruente con el contexto: no somos nadie.

Freud, también como de costumbre, tiene una manera mucho más abrupta de pensar y de hablar sobre estas mismas cosas: cuenta que el primer asesinato fue un crimen colectivo; en la horda salvaje, los hijos decidieron matar al padre opresor, que no habría parado hasta entonces de negarles sus, digámoslo así, impulsos expansivos. Pero inmediatamente después del asesinato, los remordimientos pudieron con ellos y, como fórmula reparadora, elevaron la ausencia del padre a la categoría de recuerdo colectivo y de rector virtual, desde ese puesto en el éter, de los destinos de la comunidad. Esa sustancia espiritual que manaba de la memoria de los miembros del grupo se constituyó en el fundamento de sus a partir de entonces emergentes instituciones, de lo que habría de dar fuerza cohesiva a la colectividad, que, sin ese recuerdo, habría acabado destruida por sus potencias centrífugas (cada cual, se quiere decir, acabaría yendo a su puta bola).

Quedan vigentes muy pocas ceremonias que sirvan para mantener y reforzar nuestras sustancias espirituales personales y colectivas. Vamos camino de creer que sólo existe lo que vemos y tocamos.
El mundo se está quedando sin recuerdos que venerar, sin ausencias que reparar, sin vacíos que llenar. Reducidos a materia somos poderosas fuerzas centrífugas; cada cual se va retirando hacia los límites que marcan sus respectivas evidencias. Hemos cambiado nuestra antigua necesidad de saber a dónde vamos por la paralizante suposición de que no vamos a ningún sitio.

Acaba la Misa. Como cuando era pequeño, nos saludamos unos a otros al salir de la iglesia, formamos corrillos, hacemos comentarios ad hoc: “Aquí todos estamos en la lista de espera; el sepulturero no corre peligro de que le afecten el paro ni los ERES”. Esta tendinitis está pudiendo con mi autoestima y con el pequeño porcentaje de optimismo que aún conservan mis expectativas…

viernes, 28 de enero de 2011

LA EXTEMPORÁNEA NECESIDAD DE TENER UNA PATRIA

Hubo un tiempo en el que las cosas estaban en su sitio. Todo en el universo venía a ocupar el lugar que le correspondía, el mismo al que estaba predestinado de un modo ineludible, de manera que Marco Aurelio (121-180), el emperador filósofo, podía decir: “Tal como proyectas vivir cuando partas de aquí, así es posible vivir aquí”. Porque, aquí o allí, uno llevaba consigo su lugar, su modo de encajar con el resto de las cosas, su inalterable manera de situarse en la vida. Repetíamos los hombres por entonces la pauta que nos señalaba el firmamento inamovible, hecho, según Pitágoras, de nueve capas superpuestas a la tierra, que estaba en el centro, más otra añadida, la anti-tierra, que también ocupaban su lugar predestinado desde siempre y para siempre, todo lo cual producía un armonioso resultado: la música de las esferas. Creíamos por entonces, pues, que desde que nacíamos teníamos asignada una manera de estar en el mundo; que, como decía Aristóteles, había un “topos”, un lugar propio de cada ser en el espacio, y que no debíamos ni siquiera intentar cambiarnos de sitio, eludir nuestro destino. Por eso decía también Marco Aurelio: “Cualquier cosa que te suceda, ésa te estaba destinada a ti desde la eternidad, y el nexo de las causas tramó desde siempre tu sustancia y este accidente”. Y aún decía más: “Sólo al ser racional le ha sido dado seguir voluntariamente los acontecimientos, pues seguirlos sin más es obligatorio para todos”.

Contradiciendo esta manera de instalarse en su entorno tan firme y segura que exhibían nuestros ancestros, hoy el espacio que nos rodea se nos muestra como vertiginosamente abierto y preñado de incertidumbre. Aquella imagen del espacio que compartían Pitágoras y Marco Aurelio quedó completamente trastocada al llegar el Renacimiento: por primera vez el hombre contempló el espacio como algo infinito, un medio vacío, homogéneo, indiferenciado, desprovisto de cualquier centro o superioridad jerárquica, idéntico en todos sus puntos. Un espacio en el que, como ha acabado ocurriendo –no por casualidad– en el arte moderno, han desaparecido las referencias de lo que está arriba y lo que está abajo o delante y detrás. Todos los lugares pasaron a ser equivalentes, nada tenía ya un sitio propio y particular; ninguna jerarquía ponía orden en aquel universo a partir de un centro privilegiado y unas orillas que languidecieran en los márgenes. La idea de que el universo tenga un sentido, de que exista una armonía, una finalidad que dirija el movimiento de las cosas, si no ha desaparecido del todo, ha palidecido dramáticamente.

Aquella nueva manera de mirar que a partir del Renacimiento abrió la perspectiva humana hacia el infinito sin horizontes tuvo enormes repercusiones. Para empezar, posibilitó que la astronomía volcara su potencial indagador hacia ese vacío inagotable, desvelando secretos que hasta entonces habían estado ocultos al saber de los hombres. Newton tuvo que descubrir cómo se relacionaban los cuerpos en aquel espacio hasta entonces inédito, a través de los cauces que determinaba la ley de la gravedad. Y eso sólo era el comienzo… Bueno, seamos justos: el comienzo fue Giordano Bruno, que entusiasmado por la nueva perspectiva sobre las cosas, declaró que por fin había ante nosotros un mundo digno de Dios, compuesto por un infinito número de sistemas solares y de constelaciones. Peligrosa manera de mirar, sin embargo: la Inquisición condenó a Bruno a morir en la hoguera por proclamar esa temeraria pérdida de referencias. En fin, que por ese camino que entonces se abría hemos llegado hasta hoy.

Robert D. Putnam es un importante sociólogo norteamericano, el principal formulador del concepto de capital social, que mide el valor de las relaciones sociales en la economía y la política, y que ha asesorado a la Casa Blanca sobre los posibles sistemas que puede haber para frenar el declive de ese capital social. “Las redes sociales –decía en una entrevista publicada hace años en la revista “Muy Interesante”– son indicadores poderosos de la gobernabilidad. Donde hay más relaciones funciona mejor el gobierno, como demostró un estudio en Italia. Y hay otra ventaja: las relaciones sociales tienen influencias medibles en nuestra salud. Si se controlan los factores que frenan la esperanza de vida, como el tabaco, las drogas o los accidentes de tráfico, la probabilidad de morir se reduce a la mitad, sólo por estar dentro de un grupo. El aislamiento social es un factor de riesgo tan grave como el tabaco. Además, está probado que las relaciones reducen la delincuencia. En los barrios donde los vecinos se conocen por el nombre de pila, hay menos robos”.

En 2002 Galaxia Gutenberg publicó en España el libro más importante de Putnam: “Sólo en la bolera”. Que tenga ese peculiar título se explica de la siguiente manera: analiza Putnam cómo en Estados Unidos han ido desapareciendo en gran medida las redes sociales que conectaban a los hombres entre sí, de una manera que muy probablemente preludiaba lo que parece estar ocurriendo en el resto de Occidente. La gran movilidad social que existe en aquella sociedad ha hecho que, a estas alturas, sólo un tercio de los norteamericanos muera en el mismo lugar en el que nació. De un destino laboral a otro, los ciudadanos de aquel país han ido perdiendo sus contactos sociales, se han ido deshaciendo las muchas agrupaciones que otrora tenían gran implantación, han acabado por no tener un lugar al que sentir que pertenecen. Han perdido su sitio en la vida, el “topos” que Aristóteles pensaba que cada cual tenemos asignado. Un síntoma bastante angustioso de esta situación es el hecho, cada vez más común en aquellos lares, de que muchos de estos norteamericanos, para pasar sus ratos de ocio de fin de semana, van a una bolera, alquilan una calle de la misma para jugar ellos solos… y de esa melancólica manera pasan la tarde.

Resulta difícil vivir en un mundo tan abierto, desenvolverse en el espacio infinito. Ya el Fausto de Goethe venía anunciando esta forma de (no) estar en el mundo cuando de una manera patética se preguntaba: “¿No soy el fugitivo y sin hogar? ¿El monstruo sin finalidad ni reposo?”. También León Felipe, como si fuera uno de esos norteamericanos en tránsito, clamaba con desesperación: “No conozco este camino... Y ya no alumbra mi estrella / y se ha apagado mi amor... / Así... vacío y a oscuras... / ¿A dónde voy? / Sin una luz en el cielo / y roto mi corazón... / ¿cómo saber si es el tuyo / este camino, Señor?”. Seguramente, el espacio real no sea ni aquel cerrado de Pitágoras y Marco Aurelio ni éste que nos acongoja con su inmensidad. O quizás sea ambos. Es posible que la vida consista en una dilatada tarea de conjugación de paradojas, y que tengamos que aprender que el mundo, efectivamente, no tiene fronteras, pero también que nosotros necesitamos un hogar, un sitio al que pertenecer, y buscarlo denodadamente hasta que podamos sentir lo mismo que León Felipe cuando asimismo versificaba diciendo: “Y mi grito y mi verso no han sido más que una llamada otra vez, / otra vez un señuelo para dar con esta ave huidiza / que me ha de decir dónde he de plantar la primera piedra de mi patria perdida”.

sábado, 15 de enero de 2011

CREO, LUIS, QUE DIOS NOS VACILA

Cuando a veces pienso que no debería escribir estos tochos infumables, que no debe haber nadie que los lea, en última instancia me viene a la mente un pensamiento que me vuelve a dar ánimo: ¡Tengo al menos un lector: Luis!

Yo no consigo ser una persona comedida y escribir cosas adaptadas a este contexto de internet, que obliga a tener en cuenta que en pantalla sólo somos capaces de leer escritos cortos y relativamente ligeros. Y encima, mi pensamiento tiene el grave inconveniente de tender a llegar hasta ese momento de perplejidad en el que queda demostrado que Dios es un cachondo mental, que ha creado un universo que, si lo quieres entender, tienes que, primero, pensar una cosa, y acto seguido, pensar sobre esa misma cosa lo contrario. ¡Así no hay Dios que se haga entender!

En este último escrito, el que tú comentas y a cuyo comentario yo prefiero contestar aquí, hay dos ideas que trato de exponer y que, cómo no, forman una paradoja: el orden y la tranquilidad surgen de la repetición, de la fidelidad al pasado, de la renuncia a la libertad de ser uno mismo; y, por el contrario, cuando tratas de ser tú mismo, de actuar según te dicta tu propio interés, en suma, de ser libre, eso, socialmente, tiende a significar caos, y, en el nivel psicológico, angustia y sentimiento de culpa. Con lo cual se puede crear un círculo vicioso, porque, como decía Freud, cuando sientes angustia (por ejemplo en la adolescencia, la edad en la que más intensamente se vive la necesidad de ser uno mismo… y la edad en la que los trastornos psíquicos hacen eclosión), lo primero que se pone en marcha es el mecanismo psíquico de defensa que Freud denominó regresión: tratas de volver a un orden anterior, a la infancia, al momento previo a aquél en que surgió la angustia (es decir, al estado de dependencia afectiva de los padres o, en el extremo de la psicosis, a la fantasía de regresión al útero; en suma, al paraíso perdido). La salida madura de la angustia ha de conjugar, sin embargo, el orden y la libertad, encontrar sentido (orden) a la vida no ya repitiendo lo que te viene dado (que también), sino descubriendo (en libertad) lo que toca hacer de cara a ese territorio desconocido que es el futuro.

Creo que avanzamos porque ésa es la única manera que tenemos de regresar; que marchamos hacia el futuro porque sólo de esa forma podemos buscar lo que añoramos. Lo dicho: Dios nos vacila; y yo, por su culpa, no soy capaz de poner por escrito algo sencillo y digerible.

De todas formas, gracias, Luis, por estar ahí… Y enhorabuena por tu blog (http://luisupyd404.blogspot.com/ ) y tus chistes, que se entienden a la primera.

jueves, 30 de diciembre de 2010

EL PURIFICADOR REGRESO AL FUTURO

(PUBLICADO EN "EL CORREO DE BURGOS" EL 26 DE ENERO DE 2011)

Al hombre la realidad siempre le ha parecido algo digno de toda sospecha. No teniendo en primera instancia a nadie más a mano a quien echarle las culpas de su irreductible desasosiego, ha encontrado en ella un chivo expiatorio ideal y válido para cualquier momento o situación. A lo largo de muchos milenios ha imaginado que lo que pasa es que hemos venido a menos, decayendo desde un tiempo original en el que vivíamos en plenitud y armonía, a partir del cual todo ha ido a peor. “En efecto –dice Mircea Eliade, el más importante, quizás, de los historiadores de las religiones, al hablar de aquel tiempo fabuloso de los orígenes–, los mitos de muchos pueblos hacen alusión a una época muy lejana en la que los hombres no conocían ni la muerte, ni el trabajo ni el sufrimiento, y tenían al alcance de la mano abundante alimento”. Correlativamente, y desde aquellos tiempos en los que los mitos servían para explicar lo que había pasado, los hombres, impregnados de esa mentalidad arcaica, hemos buscado cómo regresar, más o menos mágicamente, a aquel paraíso perdido y, de forma periódica, hemos tratado de anular el tiempo transcurrido desde entonces, de negar la historia. “El hombre de las culturas arcaicas soporta difícilmente la ‘historia’ y (…) se esfuerza por anularla en forma periódica”, apostilla el mismo Eliade.

Platón hablaba también de ese necesario, por purificador, retorno periódico a los orígenes. Y así, en su Diálogo “Político”, hace decir al extranjero que interviene en el diálogo: “El universo se desplaza, unas veces en la dirección en que ahora gira y, otras veces, en cambio, en la dirección opuesta”. Pero realmente es toda su filosofía la que se desarrolla alrededor de ese mundo ideal en el que habitamos antes de nacer y cuyo recuerdo, esto es, el regreso en la dirección opuesta a la que llevamos, equivale para él al acceso a la sabiduría.

Todo iba bien mientras los hombres imitábamos el comportamiento de nuestros primeros ancestros, los que fundaron el mundo. De los hombres de mentalidad arcaica, que se aferran al orden que garantiza el hecho de mantenerse dentro de los cauces prescritos por los antepasados, sigue diciendo el citado historiador rumano: “Su vida es la repetición ininterrumpida de gestos inaugurados por otros”, que es tanto como decir que renuncian a la libertad, a ser ellos mismos. El punto de inflexión que marca la definitiva entrada en la decadencia sería, precisamente, mirado desde este punto de vista, aquél en el que los hombres dejamos de regirnos por las reglas establecidas y pasamos a atender exclusivamente nuestros deseos e intereses particulares. En las ceremonias rituales de regeneración periódica de los hombres primitivos, el momento purificador viene precedido de una igualmente ritual fase previa de anomia, de ausencia de ley, en la que todo se hunde en el caos, preludiando la nueva e inminente creación del mundo (diluvio o cualquier otra catástrofe purificadora mediante). Es esa de representar el caos como preludio de la reparación la función que tradicionalmente han tenido los carnavales, el origen de cuya tradición se pierde en la noche de los tiempos.

De cómo la retirada hacia el interés particular y la consiguiente ausencia de normas generales vienen a expresar que la sociedad entra en su momento crítico tenía clara conciencia otro pensador de origen rumano, Cioran, que decía que una civilización entra en decadencia “cuando los individuos empiezan a tomar conciencia; cuando no quieren ser víctimas de los ideales, de las creencias, de la colectividad. Una vez que el individuo se despierta, la nación pierde su sustancia, y cuando todos están despiertos, se descompone”. En los tiempos de la Antigua Grecia, una de esas crisis paradigmáticas empezó a manifestarse en el último tercio del siglo V, y la Guerra del Peloponeso fue su momento de máxima crudeza. Tucídides, que historió aquella guerra, hablaba del espantoso estado de ánimo de los hombres de aquel entonces, que él achacaba a la guerra misma: “Las guerras y las epidemias de Atenas –decía– fueron causa de una mala costumbre que después se extendió a muchas otras cosas. Los pobres que después heredaban a los parientes ricos no pensaban más que en divertirse, porque temiendo ser víctimas de aquella enfermedad, no querían perder la ocasión de gozar de sus riquezas. Y no había nadie que, por respeto a la virtud, quisiera emprender obra buena que exigiese cuidado o trabajo, no teniendo esperanza de vivir hasta que estuviese acabada. Así es que todo aquello que entonces encontraban alegre y placentero al apetito humano lo tenían por honesto y provechoso, sin ningún temor de los dioses o de las leyes, pues les parecía que era igual obrar mal o bien, atendiendo a que morían los buenos lo mismo que los malos”. Sin embargo, podría entenderse que este estado de ánimo, incluso la misma guerra, habían sido causados por una crisis previa, que tenía profundas raíces en la incuria que afectaba a todo lo público y reglado: “La disociación amenaza toda la vida griega –decía de aquello Julián Marías–. El acuerdo se ha perdido hace muchos años; ya no se sabe lo que es bueno ni lo que es malo, lo que es justo ni lo que es injusto; no se sabe, sobre todo, quién debe mandar”.

Es en este contexto en el que la mentalidad colectiva empieza a incubar los modos de necesaria regeneración social y política. Sin embargo, el milenarismo, con el consiguiente deseo de regresar a los orígenes, que tradicionalmente ha inundado el espíritu de los hombres en tales situaciones, ha conducido hacia lo que Erich Fromm denominaba “miedo a la libertad”, empujándoles a renegar de ésta, a la cual atribuyen la causa del caos imperante, y a buscar en los regímenes totalitarios la salida de la crisis. Ambos ingredientes, el deseo de regresión a una supuesta edad dorada y la participación mística en el espíritu de lo colectivo y tribal, son los que precisamente caracterizan a nuestros deletéreos nacionalismos centrífugos.

Hoy vivimos una curiosa y paradójica situación: efectivamente, en muchos sentidos, nuestra cultura promueve los comportamientos más individualistas, el preocupante desinterés de la mayoría por los asuntos públicos, la ausencia de valores morales firmes… En suma, y descontando lo que sufrimos de crisis económica, estamos en el epicentro de una grave crisis social e histórica; concretamente atravesamos la etapa que en el ritual primitivo más se parecería a una dilatada época de carnaval. Pero por otro lado, el miedo a ser diferente, a ser excluido del grupo de referencia, a significarse con ideas propias, resulta también acuciante en una mayoría de la población, que toma prestadas las etiquetas pseudoconceptuales que dispensa la autoridad pertinente (normalmente emitida por los medios de comunicación que sirven de referente ideológico). Metidos en plena transición hacia todavía no sabemos qué, vivimos en una especie de carnaval regulado; o de totalitarismo democrático.

Pero no nos podemos permitir, como en los tiempos en los que predominaba la mentalidad mágica, la vuelta atrás. La regeneración que nos ha de llevar a la superación de esta insólita crisis que atravesamos, por un lado exigirá, desde luego, el restablecimiento de criterios de orden, una reactualización de los principios y valores morales, la recuperación del interés por el bien público; pero todo ello habrá de ser canalizado por las vías de la libertad individual, de la generación de las dosis de valor necesario para atreverse a tener ideas propias y que incluso puedan oponerse al propio grupo de referencia. En suma, la regeneración no nos ha de llevar, como prefería el hombre arcaico, a los supuestos esquemas sociales y políticos de un pasado añorado y en el que el todo anulaba a las partes, sino que ha de permitir abrir vías hacia el futuro que hay que construir, el progreso hacia el que precisamente apunta la a estas alturas irrenunciable libertad.