sábado, 12 de febrero de 2011

NO SOMOS NADIE

Una de estas pasadas tardes estuve en una Misa en memoria de un difunto. Atrapado en el ritual, no podía evitar que mi parte incrédula me empujara a ver aquel acto como penúltimo residuo de una mentalidad mágica en trance de extinción. No creo, me decía, que con nuestras oraciones abreviemos la penosa estancia del alma del difunto en el Purgatorio. Cuando mi atención se centraba en lo exterior, sentía las miradas que las mujeres de edad dirigían a mi grupo, bastante lejos de cumplir con el perfil propio de asistentes a una Misa vespertina en día de labor. Mis pensamientos, en busca de algún punto de fuga de aquel estricto horizonte, divagaban: “si yo fuera cura, me decía, tendría que pedir la baja; esta tendinitis del hombro que me está matando no me dejaría elevar los brazos como hace este buen hombre mientras dirige sus preces al Altísimo”. En fin, que entre unas cosas y otras no estaba en lo que tenía que estar.

Y sin embargo, reconocía que aquel ritual no me era ajeno ni antipático. A dar razón de esa paradójica proximidad acabaron volando mis pensamientos, de una manera un tanto alambicada, por supuesto, como casi siempre. Juntando los retazos de las reflexiones que allí, en la iglesia, empezaron a fluir, la cosa queda más o menos así:

Para el pensamiento de apertura acudió, como suele hacer, Ortega, que siempre tiene algo incitante que decir: “Las cosas, cuando faltan, empiezan a tener un ser”. O dicho de otra forma: el espíritu, el ser, es el vacío que dejan las cosas cuando reparamos en que (ya o todavía) no están. Platón decía que conocer no es hacer registro de lo evidente, sino recordar algo que no es posible ver. Crecemos no porque nos alimentemos de cosas tangibles (eso sólo cumple funciones de mantenimiento) sino porque vamos llenando el vacío de lo que nos falta. Lo que somos no es lo que de nosotros vemos y tocamos, sino que nuestro perímetro coincide con el que marca la línea de nuestro horizonte espiritual, de lo que nos falta ser, de lo que recordamos o, en general, imaginamos… El núcleo de lo que somos está hecho de vacío. María Zambrano lo decía así: “El hombre podría definirse –una de tantas posibles definiciones– como el ser que alberga dentro de sí un vacío (…) un vacío que ha de llenarse”. En conclusión, muy congruente con el contexto: no somos nadie.

Freud, también como de costumbre, tiene una manera mucho más abrupta de pensar y de hablar sobre estas mismas cosas: cuenta que el primer asesinato fue un crimen colectivo; en la horda salvaje, los hijos decidieron matar al padre opresor, que no habría parado hasta entonces de negarles sus, digámoslo así, impulsos expansivos. Pero inmediatamente después del asesinato, los remordimientos pudieron con ellos y, como fórmula reparadora, elevaron la ausencia del padre a la categoría de recuerdo colectivo y de rector virtual, desde ese puesto en el éter, de los destinos de la comunidad. Esa sustancia espiritual que manaba de la memoria de los miembros del grupo se constituyó en el fundamento de sus a partir de entonces emergentes instituciones, de lo que habría de dar fuerza cohesiva a la colectividad, que, sin ese recuerdo, habría acabado destruida por sus potencias centrífugas (cada cual, se quiere decir, acabaría yendo a su puta bola).

Quedan vigentes muy pocas ceremonias que sirvan para mantener y reforzar nuestras sustancias espirituales personales y colectivas. Vamos camino de creer que sólo existe lo que vemos y tocamos.
El mundo se está quedando sin recuerdos que venerar, sin ausencias que reparar, sin vacíos que llenar. Reducidos a materia somos poderosas fuerzas centrífugas; cada cual se va retirando hacia los límites que marcan sus respectivas evidencias. Hemos cambiado nuestra antigua necesidad de saber a dónde vamos por la paralizante suposición de que no vamos a ningún sitio.

Acaba la Misa. Como cuando era pequeño, nos saludamos unos a otros al salir de la iglesia, formamos corrillos, hacemos comentarios ad hoc: “Aquí todos estamos en la lista de espera; el sepulturero no corre peligro de que le afecten el paro ni los ERES”. Esta tendinitis está pudiendo con mi autoestima y con el pequeño porcentaje de optimismo que aún conservan mis expectativas…

viernes, 28 de enero de 2011

LA EXTEMPORÁNEA NECESIDAD DE TENER UNA PATRIA

Hubo un tiempo en el que las cosas estaban en su sitio. Todo en el universo venía a ocupar el lugar que le correspondía, el mismo al que estaba predestinado de un modo ineludible, de manera que Marco Aurelio (121-180), el emperador filósofo, podía decir: “Tal como proyectas vivir cuando partas de aquí, así es posible vivir aquí”. Porque, aquí o allí, uno llevaba consigo su lugar, su modo de encajar con el resto de las cosas, su inalterable manera de situarse en la vida. Repetíamos los hombres por entonces la pauta que nos señalaba el firmamento inamovible, hecho, según Pitágoras, de nueve capas superpuestas a la tierra, que estaba en el centro, más otra añadida, la anti-tierra, que también ocupaban su lugar predestinado desde siempre y para siempre, todo lo cual producía un armonioso resultado: la música de las esferas. Creíamos por entonces, pues, que desde que nacíamos teníamos asignada una manera de estar en el mundo; que, como decía Aristóteles, había un “topos”, un lugar propio de cada ser en el espacio, y que no debíamos ni siquiera intentar cambiarnos de sitio, eludir nuestro destino. Por eso decía también Marco Aurelio: “Cualquier cosa que te suceda, ésa te estaba destinada a ti desde la eternidad, y el nexo de las causas tramó desde siempre tu sustancia y este accidente”. Y aún decía más: “Sólo al ser racional le ha sido dado seguir voluntariamente los acontecimientos, pues seguirlos sin más es obligatorio para todos”.

Contradiciendo esta manera de instalarse en su entorno tan firme y segura que exhibían nuestros ancestros, hoy el espacio que nos rodea se nos muestra como vertiginosamente abierto y preñado de incertidumbre. Aquella imagen del espacio que compartían Pitágoras y Marco Aurelio quedó completamente trastocada al llegar el Renacimiento: por primera vez el hombre contempló el espacio como algo infinito, un medio vacío, homogéneo, indiferenciado, desprovisto de cualquier centro o superioridad jerárquica, idéntico en todos sus puntos. Un espacio en el que, como ha acabado ocurriendo –no por casualidad– en el arte moderno, han desaparecido las referencias de lo que está arriba y lo que está abajo o delante y detrás. Todos los lugares pasaron a ser equivalentes, nada tenía ya un sitio propio y particular; ninguna jerarquía ponía orden en aquel universo a partir de un centro privilegiado y unas orillas que languidecieran en los márgenes. La idea de que el universo tenga un sentido, de que exista una armonía, una finalidad que dirija el movimiento de las cosas, si no ha desaparecido del todo, ha palidecido dramáticamente.

Aquella nueva manera de mirar que a partir del Renacimiento abrió la perspectiva humana hacia el infinito sin horizontes tuvo enormes repercusiones. Para empezar, posibilitó que la astronomía volcara su potencial indagador hacia ese vacío inagotable, desvelando secretos que hasta entonces habían estado ocultos al saber de los hombres. Newton tuvo que descubrir cómo se relacionaban los cuerpos en aquel espacio hasta entonces inédito, a través de los cauces que determinaba la ley de la gravedad. Y eso sólo era el comienzo… Bueno, seamos justos: el comienzo fue Giordano Bruno, que entusiasmado por la nueva perspectiva sobre las cosas, declaró que por fin había ante nosotros un mundo digno de Dios, compuesto por un infinito número de sistemas solares y de constelaciones. Peligrosa manera de mirar, sin embargo: la Inquisición condenó a Bruno a morir en la hoguera por proclamar esa temeraria pérdida de referencias. En fin, que por ese camino que entonces se abría hemos llegado hasta hoy.

Robert D. Putnam es un importante sociólogo norteamericano, el principal formulador del concepto de capital social, que mide el valor de las relaciones sociales en la economía y la política, y que ha asesorado a la Casa Blanca sobre los posibles sistemas que puede haber para frenar el declive de ese capital social. “Las redes sociales –decía en una entrevista publicada hace años en la revista “Muy Interesante”– son indicadores poderosos de la gobernabilidad. Donde hay más relaciones funciona mejor el gobierno, como demostró un estudio en Italia. Y hay otra ventaja: las relaciones sociales tienen influencias medibles en nuestra salud. Si se controlan los factores que frenan la esperanza de vida, como el tabaco, las drogas o los accidentes de tráfico, la probabilidad de morir se reduce a la mitad, sólo por estar dentro de un grupo. El aislamiento social es un factor de riesgo tan grave como el tabaco. Además, está probado que las relaciones reducen la delincuencia. En los barrios donde los vecinos se conocen por el nombre de pila, hay menos robos”.

En 2002 Galaxia Gutenberg publicó en España el libro más importante de Putnam: “Sólo en la bolera”. Que tenga ese peculiar título se explica de la siguiente manera: analiza Putnam cómo en Estados Unidos han ido desapareciendo en gran medida las redes sociales que conectaban a los hombres entre sí, de una manera que muy probablemente preludiaba lo que parece estar ocurriendo en el resto de Occidente. La gran movilidad social que existe en aquella sociedad ha hecho que, a estas alturas, sólo un tercio de los norteamericanos muera en el mismo lugar en el que nació. De un destino laboral a otro, los ciudadanos de aquel país han ido perdiendo sus contactos sociales, se han ido deshaciendo las muchas agrupaciones que otrora tenían gran implantación, han acabado por no tener un lugar al que sentir que pertenecen. Han perdido su sitio en la vida, el “topos” que Aristóteles pensaba que cada cual tenemos asignado. Un síntoma bastante angustioso de esta situación es el hecho, cada vez más común en aquellos lares, de que muchos de estos norteamericanos, para pasar sus ratos de ocio de fin de semana, van a una bolera, alquilan una calle de la misma para jugar ellos solos… y de esa melancólica manera pasan la tarde.

Resulta difícil vivir en un mundo tan abierto, desenvolverse en el espacio infinito. Ya el Fausto de Goethe venía anunciando esta forma de (no) estar en el mundo cuando de una manera patética se preguntaba: “¿No soy el fugitivo y sin hogar? ¿El monstruo sin finalidad ni reposo?”. También León Felipe, como si fuera uno de esos norteamericanos en tránsito, clamaba con desesperación: “No conozco este camino... Y ya no alumbra mi estrella / y se ha apagado mi amor... / Así... vacío y a oscuras... / ¿A dónde voy? / Sin una luz en el cielo / y roto mi corazón... / ¿cómo saber si es el tuyo / este camino, Señor?”. Seguramente, el espacio real no sea ni aquel cerrado de Pitágoras y Marco Aurelio ni éste que nos acongoja con su inmensidad. O quizás sea ambos. Es posible que la vida consista en una dilatada tarea de conjugación de paradojas, y que tengamos que aprender que el mundo, efectivamente, no tiene fronteras, pero también que nosotros necesitamos un hogar, un sitio al que pertenecer, y buscarlo denodadamente hasta que podamos sentir lo mismo que León Felipe cuando asimismo versificaba diciendo: “Y mi grito y mi verso no han sido más que una llamada otra vez, / otra vez un señuelo para dar con esta ave huidiza / que me ha de decir dónde he de plantar la primera piedra de mi patria perdida”.

sábado, 15 de enero de 2011

CREO, LUIS, QUE DIOS NOS VACILA

Cuando a veces pienso que no debería escribir estos tochos infumables, que no debe haber nadie que los lea, en última instancia me viene a la mente un pensamiento que me vuelve a dar ánimo: ¡Tengo al menos un lector: Luis!

Yo no consigo ser una persona comedida y escribir cosas adaptadas a este contexto de internet, que obliga a tener en cuenta que en pantalla sólo somos capaces de leer escritos cortos y relativamente ligeros. Y encima, mi pensamiento tiene el grave inconveniente de tender a llegar hasta ese momento de perplejidad en el que queda demostrado que Dios es un cachondo mental, que ha creado un universo que, si lo quieres entender, tienes que, primero, pensar una cosa, y acto seguido, pensar sobre esa misma cosa lo contrario. ¡Así no hay Dios que se haga entender!

En este último escrito, el que tú comentas y a cuyo comentario yo prefiero contestar aquí, hay dos ideas que trato de exponer y que, cómo no, forman una paradoja: el orden y la tranquilidad surgen de la repetición, de la fidelidad al pasado, de la renuncia a la libertad de ser uno mismo; y, por el contrario, cuando tratas de ser tú mismo, de actuar según te dicta tu propio interés, en suma, de ser libre, eso, socialmente, tiende a significar caos, y, en el nivel psicológico, angustia y sentimiento de culpa. Con lo cual se puede crear un círculo vicioso, porque, como decía Freud, cuando sientes angustia (por ejemplo en la adolescencia, la edad en la que más intensamente se vive la necesidad de ser uno mismo… y la edad en la que los trastornos psíquicos hacen eclosión), lo primero que se pone en marcha es el mecanismo psíquico de defensa que Freud denominó regresión: tratas de volver a un orden anterior, a la infancia, al momento previo a aquél en que surgió la angustia (es decir, al estado de dependencia afectiva de los padres o, en el extremo de la psicosis, a la fantasía de regresión al útero; en suma, al paraíso perdido). La salida madura de la angustia ha de conjugar, sin embargo, el orden y la libertad, encontrar sentido (orden) a la vida no ya repitiendo lo que te viene dado (que también), sino descubriendo (en libertad) lo que toca hacer de cara a ese territorio desconocido que es el futuro.

Creo que avanzamos porque ésa es la única manera que tenemos de regresar; que marchamos hacia el futuro porque sólo de esa forma podemos buscar lo que añoramos. Lo dicho: Dios nos vacila; y yo, por su culpa, no soy capaz de poner por escrito algo sencillo y digerible.

De todas formas, gracias, Luis, por estar ahí… Y enhorabuena por tu blog (http://luisupyd404.blogspot.com/ ) y tus chistes, que se entienden a la primera.

jueves, 30 de diciembre de 2010

EL PURIFICADOR REGRESO AL FUTURO

(PUBLICADO EN "EL CORREO DE BURGOS" EL 26 DE ENERO DE 2011)

Al hombre la realidad siempre le ha parecido algo digno de toda sospecha. No teniendo en primera instancia a nadie más a mano a quien echarle las culpas de su irreductible desasosiego, ha encontrado en ella un chivo expiatorio ideal y válido para cualquier momento o situación. A lo largo de muchos milenios ha imaginado que lo que pasa es que hemos venido a menos, decayendo desde un tiempo original en el que vivíamos en plenitud y armonía, a partir del cual todo ha ido a peor. “En efecto –dice Mircea Eliade, el más importante, quizás, de los historiadores de las religiones, al hablar de aquel tiempo fabuloso de los orígenes–, los mitos de muchos pueblos hacen alusión a una época muy lejana en la que los hombres no conocían ni la muerte, ni el trabajo ni el sufrimiento, y tenían al alcance de la mano abundante alimento”. Correlativamente, y desde aquellos tiempos en los que los mitos servían para explicar lo que había pasado, los hombres, impregnados de esa mentalidad arcaica, hemos buscado cómo regresar, más o menos mágicamente, a aquel paraíso perdido y, de forma periódica, hemos tratado de anular el tiempo transcurrido desde entonces, de negar la historia. “El hombre de las culturas arcaicas soporta difícilmente la ‘historia’ y (…) se esfuerza por anularla en forma periódica”, apostilla el mismo Eliade.

Platón hablaba también de ese necesario, por purificador, retorno periódico a los orígenes. Y así, en su Diálogo “Político”, hace decir al extranjero que interviene en el diálogo: “El universo se desplaza, unas veces en la dirección en que ahora gira y, otras veces, en cambio, en la dirección opuesta”. Pero realmente es toda su filosofía la que se desarrolla alrededor de ese mundo ideal en el que habitamos antes de nacer y cuyo recuerdo, esto es, el regreso en la dirección opuesta a la que llevamos, equivale para él al acceso a la sabiduría.

Todo iba bien mientras los hombres imitábamos el comportamiento de nuestros primeros ancestros, los que fundaron el mundo. De los hombres de mentalidad arcaica, que se aferran al orden que garantiza el hecho de mantenerse dentro de los cauces prescritos por los antepasados, sigue diciendo el citado historiador rumano: “Su vida es la repetición ininterrumpida de gestos inaugurados por otros”, que es tanto como decir que renuncian a la libertad, a ser ellos mismos. El punto de inflexión que marca la definitiva entrada en la decadencia sería, precisamente, mirado desde este punto de vista, aquél en el que los hombres dejamos de regirnos por las reglas establecidas y pasamos a atender exclusivamente nuestros deseos e intereses particulares. En las ceremonias rituales de regeneración periódica de los hombres primitivos, el momento purificador viene precedido de una igualmente ritual fase previa de anomia, de ausencia de ley, en la que todo se hunde en el caos, preludiando la nueva e inminente creación del mundo (diluvio o cualquier otra catástrofe purificadora mediante). Es esa de representar el caos como preludio de la reparación la función que tradicionalmente han tenido los carnavales, el origen de cuya tradición se pierde en la noche de los tiempos.

De cómo la retirada hacia el interés particular y la consiguiente ausencia de normas generales vienen a expresar que la sociedad entra en su momento crítico tenía clara conciencia otro pensador de origen rumano, Cioran, que decía que una civilización entra en decadencia “cuando los individuos empiezan a tomar conciencia; cuando no quieren ser víctimas de los ideales, de las creencias, de la colectividad. Una vez que el individuo se despierta, la nación pierde su sustancia, y cuando todos están despiertos, se descompone”. En los tiempos de la Antigua Grecia, una de esas crisis paradigmáticas empezó a manifestarse en el último tercio del siglo V, y la Guerra del Peloponeso fue su momento de máxima crudeza. Tucídides, que historió aquella guerra, hablaba del espantoso estado de ánimo de los hombres de aquel entonces, que él achacaba a la guerra misma: “Las guerras y las epidemias de Atenas –decía– fueron causa de una mala costumbre que después se extendió a muchas otras cosas. Los pobres que después heredaban a los parientes ricos no pensaban más que en divertirse, porque temiendo ser víctimas de aquella enfermedad, no querían perder la ocasión de gozar de sus riquezas. Y no había nadie que, por respeto a la virtud, quisiera emprender obra buena que exigiese cuidado o trabajo, no teniendo esperanza de vivir hasta que estuviese acabada. Así es que todo aquello que entonces encontraban alegre y placentero al apetito humano lo tenían por honesto y provechoso, sin ningún temor de los dioses o de las leyes, pues les parecía que era igual obrar mal o bien, atendiendo a que morían los buenos lo mismo que los malos”. Sin embargo, podría entenderse que este estado de ánimo, incluso la misma guerra, habían sido causados por una crisis previa, que tenía profundas raíces en la incuria que afectaba a todo lo público y reglado: “La disociación amenaza toda la vida griega –decía de aquello Julián Marías–. El acuerdo se ha perdido hace muchos años; ya no se sabe lo que es bueno ni lo que es malo, lo que es justo ni lo que es injusto; no se sabe, sobre todo, quién debe mandar”.

Es en este contexto en el que la mentalidad colectiva empieza a incubar los modos de necesaria regeneración social y política. Sin embargo, el milenarismo, con el consiguiente deseo de regresar a los orígenes, que tradicionalmente ha inundado el espíritu de los hombres en tales situaciones, ha conducido hacia lo que Erich Fromm denominaba “miedo a la libertad”, empujándoles a renegar de ésta, a la cual atribuyen la causa del caos imperante, y a buscar en los regímenes totalitarios la salida de la crisis. Ambos ingredientes, el deseo de regresión a una supuesta edad dorada y la participación mística en el espíritu de lo colectivo y tribal, son los que precisamente caracterizan a nuestros deletéreos nacionalismos centrífugos.

Hoy vivimos una curiosa y paradójica situación: efectivamente, en muchos sentidos, nuestra cultura promueve los comportamientos más individualistas, el preocupante desinterés de la mayoría por los asuntos públicos, la ausencia de valores morales firmes… En suma, y descontando lo que sufrimos de crisis económica, estamos en el epicentro de una grave crisis social e histórica; concretamente atravesamos la etapa que en el ritual primitivo más se parecería a una dilatada época de carnaval. Pero por otro lado, el miedo a ser diferente, a ser excluido del grupo de referencia, a significarse con ideas propias, resulta también acuciante en una mayoría de la población, que toma prestadas las etiquetas pseudoconceptuales que dispensa la autoridad pertinente (normalmente emitida por los medios de comunicación que sirven de referente ideológico). Metidos en plena transición hacia todavía no sabemos qué, vivimos en una especie de carnaval regulado; o de totalitarismo democrático.

Pero no nos podemos permitir, como en los tiempos en los que predominaba la mentalidad mágica, la vuelta atrás. La regeneración que nos ha de llevar a la superación de esta insólita crisis que atravesamos, por un lado exigirá, desde luego, el restablecimiento de criterios de orden, una reactualización de los principios y valores morales, la recuperación del interés por el bien público; pero todo ello habrá de ser canalizado por las vías de la libertad individual, de la generación de las dosis de valor necesario para atreverse a tener ideas propias y que incluso puedan oponerse al propio grupo de referencia. En suma, la regeneración no nos ha de llevar, como prefería el hombre arcaico, a los supuestos esquemas sociales y políticos de un pasado añorado y en el que el todo anulaba a las partes, sino que ha de permitir abrir vías hacia el futuro que hay que construir, el progreso hacia el que precisamente apunta la a estas alturas irrenunciable libertad.

sábado, 11 de diciembre de 2010

EL MUNDO TIENE FORMA DE RED

Todo fenómeno del universo es la parte manifiesta de otro fenómeno contrapuesto que aguarda en estado de latencia a que llegue el momento de ocupar el lugar de aquél. Decía Anaximandro (610-547 a. C.), uno de los primeros filósofos que aparecieron en la antigua Grecia, que el principio de todas las cosas era el ápeiron, lo infinito o indeterminado, en donde todo era equilibrio y unidad. Del ápeiron surgieron las cosas divididas en contrarios, aunque no equiparados cada uno con su controvertida pareja, pues eso los haría compensarse y regresar al origen, al ápeiron, sino predominando injustamente un contrario sobre el otro, ocupando, aquél que prevalece, más de lo que equitativamente le hubiera correspondido en el nicho destinado a cada pareja de opuestos. De este acto de injusticia brotaron, pues, las cosas individuales: el frío y el calor, lo seco y lo húmedo, el hambre y la saciedad…
Cada cosa está en permanente combate con su contraria, nunca reconciliada con ella, sino ocupando el lugar preeminente unas veces y otras desbancada de ese lugar por su irreconciliable pareja. Esta es la razón de que Heráclito dijera que “la guerra es el origen de todas las cosas”. De manera que la pleamar resulta ser el aviso de que pronto llegará la bajamar, la noche sirve de heraldo para el día y la acción es el anticipo de la reacción. Nunca esos contrarios acabarán de reconciliarse, salvo cuando todo regrese al origen (que regresará, dice Anaximandro) y quede disuelto en la indiferencia. Estas premisas nos ayudarán a entender que la Historia sea el escenario en el que van irrumpiendo de forma secuenciada momentos con perfiles contrapuestos que, constatada la imposibilidad de su síntesis, parecen aceptar que uno predomine por un tiempo a condición de que, llegada la hora, ceda su reinado y su vigencia al otro.

La Modernidad se inauguró con el desplazamiento del péndulo de la historia hacia el sesgo de lo individual. La última etapa de la Escolástica medieval (Guillermo de Ockham sobre todo) generó conceptos con los que dar expresión a la supremacía de lo individual sobre lo universal, de la parte sobre el todo. Descartes, máximo mentor de aquel tiempo, entendió que cualquier sistema podía ser reducible a un conjunto de partes independientes, como efectivamente ocurre con las máquinas. Y en conclusión, para esta forma de mirar mecanicista, el todo equivalía a la mera suma de sus partes. Podríamos considerar la invención del microscopio por parte del holandés Anton Van Leeuwenhoek, en el siglo XVII (la atención, pues, a lo que resulta de desmenuzar cada cosa en sus partes mínimas), como el resultado más congruente con esta forma de mirar el mundo, y el que servía de puerta de entrada a los grandes descubrimientos científicos y tecnológicos de la Era Moderna, que culminaron, en el siglo XX, con la biología molecular y la física de partículas.

El enfoque en la forma de mirar del hombre moderno está adaptado, pues, para la percepción de microcosmos. Ahora bien, y como dice Ortega, “quien quiera ver un ladrillo necesita ver sus poros y, por tanto, acercarlo a los ojos, pero quien quiera ver una catedral no la puede ver a la distancia de un ladrillo”. Y parece haber llegado ya la hora de que aquella visión analítica y reduccionista vaya dejando paso a la nueva visión, que ya hace un tiempo que ha lanzado sus arietes sobre sus contrarias, la Modernidad y la Posmodernidad. Es hora de entender el funcionamiento de los sistemas complejos: la sociedad, el cerebro, los ecosistemas… todos aquéllos en los que se puede constatar que el todo es más que la suma de las partes (por eso, ante una lesión cerebral, el resto de las partes del cerebro tiende a asumir, en lo posible, las funciones de la que quedó inutilizada, algo que una interpretación mecanicista del funcionamiento del cerebro no puede explicar).
Según la nueva perspectiva, de la que participan la teoría sistémica, la Gestalt en psicología, la teoría del caos…, todo sistema se configura como una red de intercambio de información que hace que cada parte intervenga en el funcionamiento del todo, igual que cada fragmento de una sinfonía interviene en el conjunto de toda ella o cada capítulo de una novela en el total de lo narrado en ésta. Cuando esto deja de ocurrir, el sistema está amenazado de muerte. Es lo que ocurre en el cáncer, cuando unas células crean una especie de estado independiente dentro del organismo. O en los extremos a que ha llegado el arte actual, en que cada verso de un poema surrealista es independiente del siguiente o los fragmentos de un cuadro cubista pretenden tener autonomía y no estar subordinados a una idea de conjunto. O, en fin, si nos trasladamos al ámbito sociopolítico, lo que asimismo ocurre con los nacionalismos separatistas.