domingo, 28 de agosto de 2011

EL DESCUBRIMIENTO MÁS PELIGROSO DE LA HISTORIA

La presión de lo general y colectivo fue agobiante durante la Edad Media. Los individuos tenían prescrito desde que nacían, hasta en sus mínimos detalles, lo que había de ser su vida. El Renacimiento rompió o empezó a romper las verjas dentro de las que aquéllos andaban enclaustrados. “El llamado Renacimiento –dice Ortega– es, pues, por lo pronto, el esfuerzo por desprenderse de la cultura tradicional que, formada durante la Edad Media, había llegado a anquilosarse y ahogar la espontaneidad del hombre”. Recordemos, sin embargo, que fue Guillermo de Ockham sobre todo quien ya en el siglo XIV sembró la idea de la que el Renacimiento fue fruto: no existen los géneros (el bosque), sólo existen los individuos (los árboles); aquéllos eran un mero invento de la mente, un “flatus vocis” (soplo de voz), una palabra, sin correspondencia con la realidad objetiva. Asistimos así al momento histórico que supone un definitivo punto de inflexión de lo que en el artículo anterior considerábamos el mayor descubrimiento de la historia… el mismo que aquí consideraremos el más peligroso.

A partir del nuevo canon cultural, lo ideal y abstracto quedará desprestigiado; en el arte, los motivos mitológicos (idealizaciones alejadas de lo que se puede llegar a ver o experimentar), se sometieron al filtro decantador de lo que acontece en el mundo real. En su cuadro “El triunfo de Baco”, por ejemplo, Velázquez introduce, efectivamente, al referido dios en el escenario de la pedestre realidad; su función mítica, liberar a los hombres de los condicionamientos y pesares de la vida cotidiana, hasta la cual se accede simbólicamente a través de una ceremonia de iniciación como la reflejada en el cuadro, pasa a estar integrada en un escenario copado por simples borrachos, uno de los cuales mira decididamente al espectador, al que de esa manera invita a incorporarse a lo que allí ocurre: ya no existe distancia entre el mundo ideal y el real, el del actor y el del espectador, los escenarios del arte y los de la vida cotidiana. Por su parte, Cervantes hace descender el idealizado mundo de los caballeros andantes hasta conseguir embutirlo en ese otro alucinado que brota de la mente de un hidalgo que quisiera que su vida no fuera lo vulgar que es. El mundo, desde el Renacimiento en adelante, a la vez que va aterrizando en la realidad tangible (lo concreto e individualizado), va quedando poco a poco despoblado de ideales (lo generalizado y abstracto).


“Vida individual, lo inmediato, la circunstancia, son diversos nombres para una misma cosa: aquellas porciones de la vida de que no se ha extraído todavía el espíritu que encierran, su lógos” (Ortega). Quiere decirse que al volcarse precipitadamente y de forma excluyente hacia lo inmediato e individual, el hombre corre peligro de extraviarse, de dejar ignorado el sentido de las cosas, de creer que la realidad es sólo aquello que los sentidos ponen a su alcance (los árboles individuales), y, por tanto, de amputar de su vida esa tercera dimensión (el bosque) que sirve para saber qué lugar ocupa cada cosa en el mundo y, en última instancia, a qué ha de quedar referida su propia vida una vez que sale del estricto recinto que marcan el aquí y el ahora.

Zona de máximo peligro ésta que, inevitablemente quizás, el hombre ha decidido explorar hasta sus últimos resquicios. En esta misma hora de la historia estamos atravesando los desangelados dominios del nihilismo, en los que la adhesión a lo inmediato, a sólo lo que nuestros sentidos son capaces de mostrarnos, ha ido disolviendo nuestras ilusiones, nuestra capacidad de jerarquizar las cosas a lo largo de la escala que distingue entre lo mejor y lo peor, nuestro compromiso con lo que, desde el nuevo y restrictivo punto de vista, no existe, aunque hubiera dado sentido a nuestras vidas… En el mundo que rige el nihilismo, como en el de la muerte térmica (también en el más depurado arte de vanguardia), no existen el antes y el después, el arriba y el abajo, lo que está bien y lo que está mal. Allí (aquí) todo da igual. En eso consiste precisamente el caos, el extravío, que es lo que culturalmente, en buena medida, se ha constituido como espíritu de nuestra época, que enmarca y tutela nuestros modos de entender la vida.

Como en otras ocasiones, propongo aprovechar el material que el arte deja al alcance de nuestra reflexión para tener un punto de apoyo desde el que intentar valorar lo que nos está pasando; no hacemos con ello sino acatar la sugerencia que dejó hecha Ortega cuando dijo: “Como en la aldea, al abrir de mañana el balcón, miramos los humos de los hogares para presumir el viento que va a gobernar la jornada, podemos asomarnos al arte y a la ciencia de las nuevas generaciones con pareja curiosidad meteorológica”. No insistiremos (lo hemos dejado suficientemente explícito en los artículos que preceden a éste) en el contenido de la revolución histórica que venía llevándose a cabo en ese dilatado marco temporal que tuvo su inicio en la antigua Grecia y que hizo eclosión en el Renacimiento. Sólo recordaremos que, a partir sobretodo de la Revolución Francesa, quedó abierto, entre otros más productivos, un cauce virtual por el que fue creciendo el caudal de una manera de estar en el mundo que precisamente venía a atentar contra él, a ponernos a los individuos en su contra, y que sirvió de pábulo a impulsos que desembocaron en terribles catástrofes que desde entonces han dejado una muesca de fatiga y dolor aún más profundos de lo habitual en la historia de Occidente. Fue el Romanticismo el que, de una manera todavía ingenua y seductora, sirvió de inicial soporte ideológico y cultural para esa temeraria contraposición entre el hombre y su mundo, pero en él sólo se estaba empezando a gestar el terremoto nihilista que vino a hacer eclosión alrededor del cambio de siglo entre el XIX y el XX.

Del magma de movimientos artísticos que constituyeron la llamada vanguardia, todos ellos confluyentes en lo esencial, y que irrumpieron por entonces, el surrealismo quedó consagrado, quizás, como el más representativo. André Breton escribió sucesivos manifiestos para explicar su “razón” (convengamos en decirlo así) de ser. En ellos explica, precisamente, la raigambre romántica de lo que en el arte acontecía: “Los días del romanticismo erróneamente calificados de heroicos, tan sólo merecen, honestamente, la calificación de días de vagidos de un ser que ahora comienza a dar a conocer sus deseos a través de nosotros”. Y he aquí una proclama suficientemente explícita de sus motivos: “(El surrealismo se nutre del) deseo de superar la insuficiente, la absurda, distinción entre lo bello y lo feo, lo verdadero y lo falso, el bien y el mal. Y como sea que del grado de resistencia que esta idea superior encuentre depende el avance más o menos seguro del espíritu hacia un mundo que, al fin, resulte habitable, es comprensible que el surrealismo no tema adoptar el dogma de la rebelión absoluta, de la insumisión total, del sabotaje en toda regla, y que tenga sus esperanzas puestas únicamente en la violencia. El acto surrealista más puro consiste en bajar a la calle, revólver en mano, y disparar al azar, mientras a uno le dejen, contra la multitud”.


Cuando Ortega hacía estribar las características del hombre-masa en el hecho de “no apelar de sí mismo a ninguna instancia fuera de él”, estaba dando un acertado contexto a la fórmula con la que Breton venía a romper con todo principio moral: “El hombre propone y dispone. Tan sólo de él depende poseerse por entero, es decir, mantener en estado de anarquía la cuadrilla de sus deseos, de día en día más temible”. Dicho de otra manera: “Todo acto lleva en sí su propia justificación”.
O bien: “Surrealismo: (…) es un dictado del pensamiento, sin la intervención reguladora de la razón, ajeno a toda preocupación estética o moral”. Y concluía este conspicuo mentor del arte de vanguardia: “No voy a ocultar que para mí, la imagen más fuerte es aquella que contiene el más alto grado de arbitrariedad, aquella que más tiempo tardamos en traducir a lenguaje práctico”.

Todo esto era una consecuencia extrema y perversa de aquel descubrimiento de la soledad y de la libertad en el que estaba empeñado Occidente, y que, por otra parte y paradójicamente, había abierto un infinito campo de posibilidades de crecimiento y expansión a la acción humana. Así señalaba Breton el exasperado extremo al que aspiraba llegar: “Únicamente el surrealismo podrá explicar el estado de completo aislamiento al que esperamos llegar aquí en esta vida”. Y si, como también decíamos en el artículo anterior, esa postura coloca peligrosamente a quien la mantiene en los bordes de la locura, Breton sacaba pecho y proclamaba: “No será el miedo a la locura lo que nos obligue a bajar la bandera de la imaginación”.

¿En qué consiste esa locura que acecha cuando se ha perdido la referencia de la moral, de la belleza, de lo ideal… en suma, de lo supraindividual? Pues en la caída en los bajos fondos de la trivialidad, de lo estrictamente contingente, de lo que da igual que asome o no en las así depauperadas vidas nuestras. Como decía Ortega, “cuando hemos llegado hasta los barrios bajos del pesimismo y no hallamos nada en el universo que nos parezca una afirmación capaz de salvarnos, se vuelven los ojos hacia las menudas cosas del vivir cotidiano –como los moribundos recuerdan al punto de la muerte toda suerte de nimiedades que les acaecieron”. Así lo venía a corroborar el mismo Breton: “En aquellas ocasiones en que más razones he tenido para terminar con mi vida, más me he sorprendido a mí mismo admirando una porción cualquiera del entarimado del suelo, una porción de madera que era como de seda, de una seda bella como el agua” (lo que va de la madera a la seda y de la seda al agua son típicas asociaciones automáticas del surrealismo).

Es así como el arte, en representación del espíritu de esta época hoy posmoderna, derivó hacia expresiones como las que llevaron a Marcel Duchamp a realizar sus ready-made (“objeto encontrado o confeccionado”), en las que una rueda de bicicleta, un portabotellas o un urinario eran supuestamente elevados a la categoría de arte. Pero no fue aquello el extremo de locura y extravío al que el arte ha sido capaz de llegar a través de estos atormentados vericuetos. Piero Manzoni expuso, por ejemplo, en Italia, en 1961, en la Galleria Pescetto de Albisola Marina, un lote de 90 latas con un peculiar contenido: sus propios excrementos que, por los mismos procedimientos que las vanguardias habían dejado habilitados, llegaron asimismo a ser reconocidos, dentro de su envase correspondiente, como obra de arte (como ves, Vicente, habíamos pensado en los mismos ejemplos). El mismo Breton había desbrozado el camino hacia aquella decidida vuelta a la barbarie cuando dijo: “El buen gusto es una formidable lacra. En el ambiente de mal gusto propio de mi época, me esfuerzo en llegar más lejos que cualquier otro”. Y estaba abonando aquella pútrida simiente al afirmar: “Creo en el valor de todo aquello que se hace, espontáneamente o no, encaminado hacia el fin de la inaceptación”. Y en fin: “Digámoslo claramente: lo maravilloso es siempre bello, todo lo maravilloso, sea lo que fuere, es bello, e incluso debemos decir que solamente lo maravilloso es bello”, siendo así que lo maravilloso no portaba para serlo, según él, otro requisito que el de sorprender, el de no repetir nada anterior, el de aceptar como motivo artístico simplemente el hecho de ser imprevisible, trivial o casual y solitario (asocial). Como el actual hombre posmoderno.

5 comentarios:

  1. DEL CLASICISMO AL NIHILISMO

    Hola, Javier: tal y como ves... tropezamos con el mismo detritus. Ya anticipé en el escrito anterior parte de lo que sería respuesta a este, así que, con afán de no elevar el ajo (por lo de la repetición) a la categoría de arte, intentaré no resultar reincidente.

    Todo arte ha aspirado a ser reactivo respecto a su predecesor, así que el famoso péndulo ha oscilado entre lo canónico, concreto, ordenado, concertado (Clasicismos de Grecia y Roma, Edad Media, Neoclasicismo...), hacia lo desmesurado, rompedor, desordenado, inclasificable... (Barroco, Romanticismo, Vanguardias, posvanguardias...).

    El Barroco rompió de verdad los cánones de una manera cuasi “macarra” (se habían tomado los últimos renacentistas el Manierismo como forma o elemento de transición): ruptura y deformación de las formas clásicas, horroris vacui (horror al vacío), teatralidad en las imágenes y en la arquitectura, escorzos retorcidísimos (adiós a los equilibrios renacentistas de Alberti o Brunellesqui). Como tú indicas, el Romanticismo abrió la puerta al Nihilismo actual, que quizás no sea cuestión de juzgar, sino de pasar por ello (cuando no se percibe lo transcendente...). Ello sí, sin que los supra-individualistas denigren al común al creerlo necio. Pero el romántico volvió a la naturaleza en este caso no sólo para ensalzarla (como lo había hecho el Mundo Antiguo, junto con los dioses), sino para huir, de ella y de todo, de la vida. El Romanticismo puso un paño delante de los ojos de los espectadores que traslucía la realidad en embellecimientos idealizados, mundos bucólicos, amores arrebatadoramente imposibles, desgarros interiores absolutos y desenlaces desvirtuadoramente trágicos –la muerte siempre prematura-. Sin darse cuenta estaban estableciendo otro canon: (como le pasó posteriormente a Kurt Cobain y a varios miembros del movimiento Punk: “muere joven y tendrás un bonito cadáver”). Sus requisitos uniformizaron el movimiento hacia esa ingenuidad y bucolismos generales seguida de ese final conocido (el arriba mencionado final de los finales).

    Siempre el arte (la inquietud humana por expresar el dolor de la caducidad sabida, pues el arte, no tiene por qué ser un acto grato, sino más bien un esfuerzo por escapar a lo inmanente). El arte, decía, siempre ha vuelto al clasicismo, a lo normalizado, más o menos, pues toda vuelta no es mera calca del original, sino reinterpretación (de ahí que cuando yo escucho Música Antigua sepa que no estoy oyendo la voz de los medievales ni lo que, exactamente, sus notaciones indican, sino una reinterpretación).

    Pero ahora no es siempre. Ahora yo no sé lo que es. Y como hombre, no he percibido, siquiera, hacia dónde podemos ir, una de las grandes cuestiones de todos los tiempos. (“Tiempos nuevos, tiempos salvajes (...)”, decían los Ilegales no hace mucho. Ellos se atrevieron a calificar estos tiempos nuevos, este posmodernismo (y aquí lo dejo en puntos suspensivos)... Pero todo artista que ose quedarse anquilosado en conceptos manidos, estaría fuera de lugar. Ese es el pecado que tú indicas comenzó en el Renacimiento. Todo es huída hacia delante, individuando cada idea expresiva (recordemos que el arte se ha nutrido en la mayoría de las ocasiones por medio del mecenazgo, algo que incluía el complacer a tu donador), denigrando lo anterior, hasta que, como he dicho, y siempre hasta ahora, un cierto sentido común ha hecho devolver la creación y discursos artísticos hacia lo unificador y supra-individual.

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  2. Buenos días Vicente.

    Yo creo que lo decisivo para entender el arte moderno (más en concreto, el de las vanguardias) es prestar atención al punto de vista desde el que observan la realidad (¡si es que es la realidad lo que observan!) quienes lo han llevado a cabo. Según mi interpretación, su perspectiva se constituye en dos pasos: primero, regresión hacia lo interior, la extrema soledad, el desentendimiento (irresponsabilidad) del mundo externo. Así lo decía André Breton: “La ideología del surrealismo tiende simplemente a la total recuperación de nuestra fuerza psíquica por un medio que consiste en el vertiginoso descenso al interior de nosotros mismos”. Esa retirada hacia lo interior deja en contacto con el mundo sólo nuestra (su) epidermis, nuestro ser pasivo, el que simplemente reacciona a través de las respuestas sensoriales a lo que viene de ese mundo. Cara y cruz, pues: por un lado, el artista que tratamos de entender se abisma hacia lo interior, hacia el subjetivismo extremo; por el otro, recoge pasiva, sensorialmente, lo que procede del exterior.

    Pero es que resulta que la realidad, eso que espera ahí afuera, es una construcción nuestra, necesita de nosotros, de nuestra asistencia y esfuerzo para existir y permanecer. Dice Ortega: “Si no hubiera más que ver pasivo quedaría el mundo reducido a un caos de puntos luminosos. Pero hay sobre el pasivo ver un ver activo, que interpreta viendo y ve interpretando: un ver que es mirar. Platón supo hallar para estas visiones que son miradas una palabra divina: las llamó ideas. Pues bien, la tercera dimensión de la naranja no es más que una idea, y Dios es la última dimensión de la campiña”. El mundo que ve el vanguardista es un mundo impresionista (puntos luminosos); pero para no quedar mediatizados por la idea que tenemos del impresionismo como escuela artística, diremos mejor que ve un mundo desorganizado, degradado, deconstruido, sin esa tercera dimensión que aportan nuestras interpretaciones, nuestro ver activo. En el extremo ve… que todo es una mierda. Incluso podemos decir, a la vista de sus propuestas, que es literalmente una mierda.

    Eso es lo peligroso (lo que desde el título de la entrada pretendo resaltar): ver no sólo el desorden, el caos, sino a través de ese caos. Una persona ordenada puede ver el caos, pero lo hará con intención de remediarlo; el posmoderno acepta ese caos, se instala en él. Y así, corremos todos peligro de irnos con los posmodernos… a la mierda.

    Vivimos en la era atómica, atomizadora (en el caos de puntos luminosos). Fíjate (me voy a poner especulativo): sospecho que incluso para llegar a descubrir las nuevas formas de energía que sean alternativa a la nuclear, nuestra cultura ha de dar primero un salto hacia otra perspectiva sobre las cosas que sea compatible y pueda servir de marco a, digamos, la fusión nuclear.

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  3. Desde aquí agradezco al portal de blogs Paperblog el haber seleccionado este artículo para incluirlo en su portada de la Revista de Arte:

    http://es.paperblog.com/arte/

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  4. EL ARTE DESESTRUCTURADO

    Hola, Javier: he estado desconectado un par de días (visita –burocrática- a tu ciudad incluida: Bonito paseo por las riveras, tanto del Vena como del Arlanzón). Veo las agujas góticas de la catedral, esos pináculos recién limpiados, sus estatuas exteriores, la ceremoniosidad del interior con sus inconmensurables capillas, la girola... Observo la límpida fachada de la Casa del cordón y el palacio interior... Si nos alejamos un poco hallaremos la Cartuja de Miraflores, y si nos alejamos otro tanto hasta Ibeas de Juarros, nos adentraremos en aquellos restos que produjo nuestro lento, torpe y asombroso (a la vez), transcurrir en el tiempo y la existencia. Pero ello mismo, todo, es, como pongo en mi blog que decía Palladas, “tizón calcinado”.

    Resulta asombroso comprobar qué elevación de espíritu ha poseído nuestra especie para alzarse en busca de transcendencia y agradar. Cuanto más elaboraba el discurso el artista antiguo, más cerca nos ponía de la “verdad”. Bien de una manera más tosca, pero recogida y didáctica (Románico); bien de otra forma sutil y elevada en afán por alcanzar la proximidad al origen del don de la vida (Gótico); bien recargando de profundísimas metáforas formales y ornamentales, exagerando la tortura hacia el encuentro, o unión(Barroco)...

    Amen de la intención deudora hacia las formas sagradas existía la búsqueda de la belleza. No sólo por mi admirado Epicuro, sino que más atrás ya aplicó el mundo griego clásico el canon de belleza (Policleto), y su continuador, el Renacimiento, en donde la belleza sigue siendo un motivo de trascendencia artística. Pero sigo hablando en pasado. Mis derrotados dedos pulsan teclas arrebatadoramente modernas, mas gratamente degustaría el placer de rememorar “El Tiempo Perdido” dejándome consumir por la magdalena de Proust (y ya me he puesto en XIX). Pero la nostalgia es una enfermedad del alma que la envuelve en pátinas paralizantes. ¡Ay, pero yo no sé si he visto algo más evocador que la decadencia!

    El hombre posmoderno ha visto esa decadencia, esa caducidad, como una premura por perpetuarse en lo eterno- exterior, así que creo que la interioridad surcada no busca otro resultado que el reconocimiento exterior. Y lo busca deshaciendo la mezcolanza para hallar la sustancia aparentemente propia y única, descomponiendo los elementos unificadores.

    Y hemos llegado a la gran sustancia, a la enclenque transfiguración de lo sublime hacia la... Mierda. Pero como siempre existen excepciones, conozco una “mierda” bonita, y es la última palabra de la novela de García Márquez “El coronel no tiene quien le escriba” (así cierra la obra). Y, ahora mismo ¿quién nos escribe a nosotros? ¿Quién nos dice algo diciéndolo, no escondiendo la no respuesta? La pretensión de desagradar como meta hacia la explicación actual de la inquietud humana, si bien nos puede introducir en un concepto que agrande la percepción de nuestra propia intranscendencia, nos minimiza degradando la muestra.

    Perdido lo cabal, tal y como hacía el "perrro" Diógenes:"busco al hombre".

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  5. EL ARTE DEL MAESTRO

    Hola de nuevo, Javier: enhorabuena por la selección de tu artículo para la presentación citada. Al final eres un maestro en todo aquello que enlace con la explicación a la inquietud del alma humana. Un gusto tenerte como anfitrión en esa tu casa; en ese tu espacio/blog.

    He debido de comenzar mi artículo anterior con estas palabras (o parecidas pues siempre que se repasa un escrito deja de ser como el anterior). Y así lo he hecho, pero la autocensura que me he vuelto a ver obligado a aplicar, ha hecho que parezca un “Eduardo Manos Tijeras” de las letras y las ideas y haya tenido que requetepodar mi escrito último.

    Dicho lo anterior, también me habría gustado terminar con la mención final que tú mismo hacías a la búsqueda de alternativa que sirva como marco nuevo al asunto de las atomizaciones y la energía nuclear. De nuevo me hallo frente a la contradicción humana. La energía atómica resulta potencialmente destructiva y, a la vez –paradójicamente- indestructible (por los millones de años que tardarán en desintegrarse los átomos empleados en la fusión). Presentados los “cantos” de las bondades de las energías alternativas, resulta que, por lo general, los grupos ecologistas descartan las eólicas por el enorme impacto ambiental y la muerte de muchas aves; las centrales térmicas resultan enormemente contaminantes; los embalses vuelven a destruir el paisaje, enterrando además a pueblos y valles fértiles preexistentes; los derivados de los hidrocarburos, no sólo están calentando la atmósfera terrestre, sino que se cargan la capa de ozono que nos protege, etc., etc. Ello me sirve como auténtica metáfora de la contradicción humana, como decía. Ante la tesitura de tener que escoger entre las opciones de la nada (nuevamente me sale el nihilismo) yo pregunto: ¿quién está dispuest@ a detener el exacerbado consumo que como personas acomodadas hemos alcanzado gracias a los avances tecnológicos? ¿Quién está dispuesto a reducir el altísimo umbral de “necesidad” energética? Un gran número de muestras artísticas (de las denominadas “Performances”) recurren a soportes tecnológicos que se alimentan de fuentes eléctricas. Son sesiones por lo general acústico-visuales que transmiten imagen y sonido de una manera continuada, en un incesante enganche a la materia más vívidamente actual.

    El soporte, he ahí una de las claves del arte moderno. Utilizamos actualmente los más variopintos soportes para plasmar la esencia del cambio desde lo figurativo y deducible hacia lo incomprensible y transgresor. Podemos concluir en ello que el hombre (como especie) ha derivado en un ente no comprensible para sí mismo, si eliminamos el individuo que ha intentado plasmar la lucha cognitiva con esas formas tan rebuscadamente sui géneris.

    Pero por muy “sui géneris” que intente ser yo, no seré capaz de entrometerme con sapiencia en los entresijos del arte actual –contemporáneo-, quizás meta-temporal, fuera de todo tiempo, espacio, comprensión o medida. Por utilizar un símil con una de las tendencias de las llamadas pos-vanguardias he utilizado mis despojos en la comprensión para quedarme en un “Arte Povera”. “Porca Miseria”.

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