jueves, 6 de febrero de 2020

La soberbia de los españoles-MIS LECTURAS DE ORTEGA Y GASSET

     La antisocialidad, la inveterada ineptitud de una gran parte de los españoles para pensar en términos de colectividad es, sin duda, el problema más grave de cuantos nos afectan como nación. Y, con lógica preocupación, Ortega aborda este asunto reiteradamente y desde diferentes ángulos. Uno de ellos, el psicológico, y situado en él, enuncia de esta manera cuál entiende que es nuestro pecado capital: 

“La soberbia es nuestra pasión nacional, nuestro pecado capital” (1)

Y considera que de ese vicio antisocial son los más cualificados portadores, entre nosotros, los vascos. Estima, en fin, que 

el que haya llegado a comprobar la existencia de esa soberbia vasca y peninsular, “puede abrir la poterna que cierra los sótanos de la historia de España” (2).

     Pero ¿qué es la soberbia? Digamos para empezar que se manifiesta cuando aquel que está poseído por ella siente que el nivel en el que su propia autoestima le coloca es cuestionado o no reconocido. Y ejecuta entonces, en compensación, una íntima afirmación de sí mismo y de su derecho al rango del que se le pretende excluir. Para empezar, con los gestos, que son siempre expresión de las emociones que proliferan en la intimidad de quien los realiza: “Como los gestos que expresan las emociones son siempre simbólicos y una especie de pantomima lírica, el individuo se yergue un poco mientras íntimamente reafirma su fe en que vale más que el otro. Al sentimiento de creerse superior a otro acompaña una erección del cuello y la cabeza —por lo menos, una iniciación muscular de ello— que tiende a hacernos físicamente más altos que el otro. La emoción que en este gesto se expresa es finamente nombrada “altanería” por nuestro idioma” (3).
    
     Entre los ingredientes de nuestra personalidad, este sentimiento que nos lleva a sentirnos situados a una u otra altura es uno de los más decisivos. Y ese sentimiento de nivel personal llega, efectivamente, a configurarse de dos posibles maneras: “Hay hombres que se atribuyen un determinado valor —más alto o más bajo— mirándose a sí mismos, juzgando por su propio sentir sobre sí mismos. Llamemos a esto valoración espontánea. Hay otros que se valoran a sí mismos mirando antes a los demás y viendo el juicio que a éstos merecen. Llamemos a esto valoración refleja” (5). El primer tipo de hombres, en el extremo, deriva en soberbia; el segundo, en vanidad. Cuando el centro de gravedad estimativo radica en uno mismo, no se recibe influencia que proceda de los demás, uno se abastece de criterios valorativos propios. Mientras tanto, el que cuando exagera propende a la vanidad, vive de cara a su periferia social, se deja influir por los demás, atiende y escucha lo que le dice el prójimo.
     No necesariamente esos balances estimativos devienen soberbia o vanidad. El hombre que se valora espontáneamente, sin esperar a lo que digan los demás, puede muy bien ser una persona humilde o también acertar y ser justo en su propia valoración. “Al llegar a esta altura del análisis divisamos con perfecta claridad lo que es la soberbia: un error por exceso en el sentimiento de nivel” (6). Es cuando ese error se hace persistente y general cuando estamos ante una persona cabalmente soberbia. Y no es tanto que yerre en su apreciación de sí mismo, que también, sino que está ofuscado a la hora de emitir valoraciones sobre el prójimo, en el que no es capaz de descubrir excelencias; solo está atento a las propias. La valoración espontánea, la que para realizarse no espera a tener referencias de los demás, puede también llevar a decidirse por una desestimación general de uno mismo. Entonces no se trata propiamente de humildad, como ocurriría en el caso contrapuesto a la vanidad, sino de abyección, autodesprecio.

     La soberbia “supone una psicología en que se da exagerada la tendencia a gravitar el alma hacia dentro de sí misma, a bastarse a sí misma. Con agudo diagnóstico, se llama vulgarmente a la soberbia “suficiencia”. El puro soberbio se basta a sí mismo, claro es que porque ignora lo ajeno. De aquí que las almas soberbias suelan ser herméticas, cerradas a lo exterior, sin curiosidad, que es una especie de activa porosidad mental” (7)Esa autosuficiencia hace al soberbio inapto para la vida en sociedad. Y llegados hasta aquí es como podemos ver ya que lo que hemos ido haciendo es analizar esa peculiar manera de ser que caracteriza a buena parte de los españoles, y que podríamos sintetizar diciendo: “El español fino no necesita de nada, y menos que de nada, de nadie” (8).

     Esa falta de atención, de curiosidad, de comprensión y emulación hacia lo que de valioso pueda haber en el entorno resulta ser una muralla que bloquea el paso hacia lo que aún queda por aprender y por perfeccionarse. Porque, por si fuera poco, podría fundarse la soberbia en la seguridad de creerse uno el más inteligente, el más valiente o el más sensible a la belleza y al arte, pero si además de la ceguera para las virtudes del prójimo uno se afirma en valores mínimos, la soberbia desciende también a sus escalones más bajos. Detengámonos aquí e imaginemos este caso en que se “estima exclusivamente las calidades elementales adscritas genéricamente a todo hombre. ¿Se advierte la curiosa inversión de la perspectiva moral y social que esto trae consigo? Pues ésta es la soberbia vasca. El vasco cree que por el mero hecho de haber nacido y ser individuo humano vale ya cuanto es posible valer en el mundo. Ser listo o tonto, sabio o ignorante, hermoso o feo, artista o torpe, son diferencias de escasísima importancia, apenas dignas de atención si se las compara con lo que significa ser individuo, ser hombre viviente” (9). Todas las excelencias y virtudes posibles resultan ser secundarias y prescindibles ante el mero hecho de ser vasco. En tal caso, “lo grande, lo valioso del hombre es lo ínfimo y aborigen, lo subterráneo, lo que le pone en pie sobre la tierra” (10). Y esto se extiende, quizás a veces de manera enmascarada, a una gran parte de los españoles, que tienden a aceptar que “lo mejor del hombre es lo ínfimo” (11), que los pobres de espíritu reinarán sobre la tierra, que el que ha logrado enriquecerse, como Amancio Ortega, no tiene más mérito que el okupa, ni el que se esfuerza por ser mejor merece estar más arriba en el escalafón laboral o educativo. De ahí que, a los efectos de la relación con los demás “se (acepte) rencorosamente como el mal menor un “¡todos iguales!”, ese terrible, negativo, destructor “¡todos iguales!” que se oye de punta a punta en la historia de España si se tiene fino oído sociológico” (12) (se puede constatar la actualidad de estas apreciaciones de Ortega comparándolas con los resultados  del Estudio Internacional Values and Worldviews, publicado por la Fundación BBVA hace unos años: https://www.libremercado.com/2013-04-07/gritar-mucho-y-mojarse-poco-una-foto-poco-agradable-del-espanol-medio-1276486814/ ).
     Cuando uno es sensible a las cualidades del prójimo, se cultiva esa posibilidad de mejorar que para llevarse a cabo precisa de una previa capacidad de admirar lo excelente. Es lo que ocurre con los pueblos vanidosos, como el francés, que en tanta consideración tiene a sus mejores. La soberbia, y más aún la soberbia igualitaria, es una grave potencia antisocial, y conduce irremediablemente a la degeneración del tipo humano. A lo más que se puede llegar por ahí es a engendrar pequeños hidalgos solitarios, desocupados y altaneros que reciben con desdén y suspicacia a todo visitante que viene a anunciarles alguna novedad.




[1] O y G: “Para una topografía de la soberbia española”, O. C., Tº 4, p. 459.
[2] O y G: “Para una topografía de la soberbia española”, O. C., Tº 4, p. 459.
[3] O y G: “Para una topografía de la soberbia española”, O. C., Tº 4, p. 460.
[4] O y G: “Para una topografía de la soberbia española”, O. C., Tº 4, p. 461.
[5] O y G: “Para una topografía de la soberbia española”, O. C., Tº 4, p. 462.
[6] O y G: “Para una topografía de la soberbia española”, O. C., Tº 4, p. 462.
[7] O y G: “Para una topografía de la soberbia española”, O. C., Tº 4, p. 463.
[8] O y G: “Para una topografía de la soberbia española”, O. C., Tº 4, p. 463.
[9] O y G: “Para una topografía de la soberbia española”, O. C., Tº 4, p. 464.
[10] O y G: “Para una topografía de la soberbia española”, O. C., Tº 4, p. 465.
[11] O y G: “Para una topografía de la soberbia española”, O. C., Tº 4, p. 465.
[12] O y G: “Para una topografía de la soberbia española”, O. C., Tº 4, pp. 465-66.

2 comentarios:

  1. El retrato colectivo es siempre complejo porque está hecho con trazos difusos; el pesimismo de Ortega y Gasset fue creciendo con la contingencia histórica y abocó en la república al "no es eso, no es eso". Ahora las circunstancias también son propicias a mirar las cosas con rostro cejijunto: el independentismo fundamentalista, la mostrenca ultraderecha o la falta de un proyecto de estado de la izquierda dejan pocos naipes para barajar... Pero hay que seguir jugando; cada año tiene su verano. Fuerte abrazo y un placer pasear por aquí.

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    1. Seguro que, si tuviera la oportunidad, también diría Ortega hoy y aquí "no es esto, no es esto". No son circunstancias homologables, claro, pero sí que demuestran que los hombres, y más los españoles, hacemos poco caso a la historia (y al sentido común) y estamos muy escasamente dispuestos a reconocer, y en esa medida aprender de, nuestros errores. Yo, efectivamente, estoy contagiado del pesimismo de Ortega, pero, también como él, se trata de un pesimismo no meramemente contemplativo. Ya sabes: "si no la salvo a ella (a mi circunstancia), no me salvo yo", y eso, aunque no sepamos muy bien cómo, compromete. Encantado de verte por aquí, José Luis, y de que enriquezcas con tu sabiduría y elocuencia este humilde rincón. Otro fuerte abrazo para ti.

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