viernes, 26 de septiembre de 2014

Por qué y cuándo la vida cansa

     La sumeria fue la primera civilización humana y tuvo su comienzo hacia el año 4000 a. J. C. Profundamente religiosos, los sumerios, sin embargo, no tenían con sus dioses unas relaciones cordiales: ni estos inspiraban afecto a los hombres ni ellos se lo ofrecían a los humanos. Más bien eran objeto de temor y de recelo, por su crueldad, su mezquindad y sus caprichos. Los dioses, en la visión que de ellos tenían los sumerios, no se preocupaban de los efectos que sus actos pudieran producir sobre la humanidad, fueran positivos o negativos. Los sacrificios que los sumerios les ofrecían no estaban tanto destinados a buscar sus favores cuanto a asegurarse su indiferencia; pedirles ayuda era algo condenado al fracaso e invitarles a participar de forma directa en la vida humana podía tener consecuencias imprevistas y con frecuencia desagradables. Por lo demás, el más allá que esperaba a los sumerios tras su muerte no era mejor, sino aún peor que la existencia angustiada y triste que habían tenido en este mundo. Los sumerios trataban de contrarrestar este superávit de rigurosidad y futilidad de la vida, tanto la cismundana como la transmundana, manteniendo una actitud resignada y sumisa ante los acontecimientos.

     La “Epopeya de Gilgamesh” es la primera gran obra literaria de la historia mundial, y en ella se narran las hazañas legendarias del que fuera rey de los sumerios, Gilgamesh. Allí se cuenta cómo, al final de sus días, el gran rey se quedó cavilando sobre la futilidad de la vida y el carácter transitorio, perecedero, de todas sus empresas y de las de la especie humana en general, hasta el punto de que, descorazonado, llegaba a preguntarse: “¿Por qué me molesto en trabajar para nada? ¿Hay alguien que se dé cuenta de lo que hago?”. Cioran sabía que esta actitud obedece a una ley general: “Lo que se llama 'experiencia' –dice– no es otra cosa que la decepción consecutiva a una causa por la que nos hemos apasionado durante un tiempo. Cuanto mayor haya sido el entusiasmo, mayor será la decepción. Tener experiencia significa expiar los entusiasmos”.

 
     Es este el mismo desengaño que le sobrevino a Don Quijote en el punto de inflexión vital que marcó su vuelta a la cordura, después de su delirante, y por ello apasionado, periplo aventurero. El momento quedó plasmado en las palabras que pronunció ante su hasta entonces fiel escudero, y desde entonces en situación de excedencia forzosa, Sancho Panza: “Yo hasta agora –dijo– no sé lo que consigo a fuerza de mis trabajos”. Justo entonces recobró la sensatez y, volviendo la grupa de su caballo, desanduvo lo andado, desilusionado y deprimido regresó a su lugar. Había llegado su hora final. Y es que, como Cioran sabía, “una pasión es perecedera, se degrada como todo aquello que participa de la vida”. Pero ¿se puede vivir sin pasión? “Las ascuas de nuestro interior –dice también Cioran– son los arquitectos de la vida, el mundo no es más que una prolongación exterior de nuestra hoguera”. Si Don Quijote decidió regresar fue, por tanto, porque había superado ya todos aquellos momentos en que la pasión nos tienta aún con perseverar a pesar de nuestras decepciones, con seguir haciéndonos esa pregunta en la que late todavía nuestro deseo de seguir viviendo y que Cioran enuncia así: “¿Por qué deponer las armas, por qué capitular, si aún no he vivido todas mis contradicciones, si conservo todavía la esperanza de un nuevo callejón sin salida?”

     Don Quijote, en fin, había llegado ya al final de su misión, aquella que el mismo Cioran formulaba diciendo: “Nuestra misión es realizar la mentira que encarnamos, lograr no ser más que una ilusión agotada”. Se había vuelto escéptico. “El escéptico –aclara Cioran– quisiera sufrir, como los demás, por las quimeras que hacen vivir. No lo consigue: es un mártir de la sensatez”. Pero efectivamente, como don Quijote, necesitamos de algo así como un delirio, una mentira quizás, al menos una ilusión que nos salve de la realidad. Necesitamos de algo más que lo que hay, de algo que no se podría llegar a conocer, porque no es real. “Conocer, ordinariamente –seguimos con Cioran–, es estar de vuelta de algo; conocer, absolutamente, es estar de vuelta de todo. La iluminación representa un paso más: consiste en la certeza de que en adelante no se volverá a ser víctima del engaño, es una última mirada sobre la ilusión”. Necesitamos esperar algo que dé sentido a nuestra vida, y para llegar hasta eso la realidad se muestra escasa, insuficiente. “Lo que irrita en la desesperación –sabe asimismo Cioran– es su legitimidad, su evidencia, su ‘documentación’: puro reportaje. Considérese, por el contrario, la esperanza, su generosidad en el error, su manía de fantasear, su rechazo del acontecimiento: una aberración, una ficción. Y es en esa aberración en lo que consiste la vida y de esa ficción de lo que se alimenta”.

     Los momentos de desánimo afectan tanto a los hombres como a las civilizaciones. La civilización micénica, que se desarrolló fundamentalmente en la Grecia continental en la etapa más tardía de la Edad del Bronce (1580 a 1100 a. J. C.), tuvo un dramático derrumbamiento cuyas causas se desconocen, pero que vino a coincidir con la ola de destrucción que inmediatamente barrió de norte a sur todo el Oriente Próximo, la zona geográfica en la que se asentaban las que eran primeras civilizaciones humanas. Aquella devastación que arrasó todo a su paso fue obra de los que se denominaron “pueblos del mar”, y vino posiblemente a complementar desde fuera la que quizás se originó en una previa pulsión autodestructiva de los micénicos. De esa manera, comenzó una edad oscura para Grecia que duró más de trescientos años. La población disminuyó de manera dramática y constante, y los restos de cerámica y enterramientos sugieren que aquel mundo permaneció estático y empobrecido durante todo ese tiempo.

     Los griegos clásicos heredaron de aquellos otros de la edad oscura su particular manera de sentir la religión. Igual que los sumerios, también los griegos recelaban de sus dioses, que eran caprichosos y poseían todos los defectos de los seres humanos, e incluso disfrutaban interfiriendo en los asuntos de los hombres. Así que tenían que ser aplacados y había que propiciar su benevolencia, pero era inconveniente fiarse de ellos por completo. Los individuos confiaban más en sus propias fuerzas que en lo que los dioses pudieran hacer por ellos, pero también resultaba peligroso enorgullecerse demasiado de uno mismo, sentimiento que los griegos denominaban hubris, porque ello atraía la atención de los dioses, que sentían gran deleite en castigar a los hombres que mostraran tal actitud. “Los antiguos –matiza Cioran– desconfiaban del éxito porque temían la envidia de los dioses, pero también el peligro del desequilibrio interior causado por cualquier éxito como tal”. Sin embargo, aquella actitud de autosuficiencia frente a los dioses acabó también generando el culto a los héroes al final de la edad oscura, a medida que la riqueza fue aumentando y empezó a despuntar el grupo de “los mejores hombres”. Parece que, no solo los hombres, sino también las civilizaciones, una vez alcanzado el callejón sin salida al que conducen las aspiraciones que las ponen en marcha, acaban encontrando la pista de un nuevo, y de momento prometedor, callejón que las vuelve a poner en marcha. “El devenir: una agonía sin desenlace”, decía, confirmando esto mismo, Cioran.

     Pero esta es una idea a la que hay que añadir su complementaria: “Tras alcanzar su plenitud, las cosas decaen”, dice el Tao te King. También Ortega y Gasset redunda en la idea: “Al alcanzar una forma su máximo se inicia su conversión en la contraria”. O, a su manera, el mismo Cioran, que dice: “No he conocido una sola sensación de plenitud, de dicha verdadera sin pensar que ese era el momento justo de retirarme para siempre”. Esta idea sobre la decadencia nos permite tener dónde encajar intelectualmente aquella otra decadencia efectiva que precisamente ocurrió con el Imperio romano, y sobre la cual sostenía Cioran: “Los romanos no desaparecieron de la superficie de la tierra a causa de las invasiones bárbaras, ni del virus cristiano; un virus mucho más sutil les resultó fatal: Una vez ociosos, tuvieron que afrontar el tiempo vacío, maldición soportable para un pensador, pero tortura sin igual para una colectividad (...) La temporalidad huera caracteriza el aburrimiento. La aurora conoce ideales; el crepúsculo solamente ideas, y en lugar de pasiones, la necesidad de diversión. La Antigüedad que tocaba a su fin intentó curar ese hastío característico de todas las decadencias históricas mediante el epicureísmo o el estoicismo. Simples paliativos (...) que ocultaron, falsearon o desviaron el mal, sin anular su virulencia. Un pueblo colmado sucumbe víctima del tedio, como un individuo que ha ‘vivido’ y que ‘sabe’ demasiado” (cualquier parecido de esto con la actualidad, no es pura coincidencia).

     Vamos en busca, en fin, de algo que no nos da la realidad, de algo que no existe: un ideal, una quimera… hay quien lo llama Dios. Y en eso consiste la vida, la de los hombres y la de las civilizaciones. Desistir de buscar eso que nunca llegaremos a encontrar equivale a disponerse a morir, como le ocurrió a Don Quijote cuando regresó de vuelta a su lugar, allí donde todo era conocido y previsible. Y si del microcosmos de la vida individual pasamos al macrocosmos de las civilizaciones, podremos acogernos a la reflexión que sobre la muerte de las mismas hace Gustave Le Bon, que dice: “Con la definitiva pérdida del antiguo ideal, la raza concluye perdiendo también su alma (…) Presenta todas sus características transitorias, sin consistencia y sin mañana. La civilización carece ya de solidez y cae a merced de todos los azares. La plebe es reina y los bárbaros avanzan”. Concluyamos, sin embargo, inclinándonos hacia la vertiente esperanzadora de nuestra paradoja o dilema existencial, con estas otras palabras de Ortega: “La vida ha triunfado sobre el planeta gracias a que en vez de atenerse a la necesidad la ha inundado, la ha anegado en exuberantes posibilidades, permitiendo que el fracaso de una sirva de puente para la victoria de otra”.

5 comentarios:

  1. Al final lo más entretenido es seguir "dando pedales", pues si alguien se para y reflexiona ve la futilidad de lo que hace, observa que es mortal ( "Respice post te! Hominem te esse memento!" le decian a los generales victoriosos de Roma en los desfiles), cuando ves que eres una sola ficha y que tus actos desapareceran en breve, es cuando arrecia el desanimo, por eso es bueno seguir dando pedales y caminar por la vida con metas factibles, en el ocio esta el desanimo. Un saludo

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muy de acuerdo con tu forma de decirlo, Temujin. Es curioso lo que los dioses (incluida Fortuna, tu favorita) han hecho con nosotros: nos han dado un impulso de búsqueda, pero no nos han dicho qué es lo que hay que buscar. Que nos vacilan se demuestra en el hecho de que la única pista que nos dan es la de sentir la frustración de que aquello que encontramos no es todavía lo que buscábamos. Como a Casandra, la de Troya, nos conceden un don, pero acto seguido nos impiden recoger sus frutos. Y como a Sísifo, nos obligan a bajar de la montaña que nos tenían prometida para que volvamos a intentar subirla otra vez… Se lo pasan bomba allá en el Olimpo viendo cómo vamos de un callejón sin salida a otro.

      Bueno, pero esa es una forma incompleta de verlo, porque tampoco está mal del todo la movida subolímpica esta en la que estamos metidos. Existe la evolución, no todo es una simple repetición de lo ya sabido. E incluso los dioses nos permiten a veces la ficción de sentir que allí donde hemos llegado era donde queríamos llegar, y afirmarnos en ello como si fuera a ser eterno. Es lo que Kierkegaard llama la “repetición”, que no se da tanto en el nivel de la realidad (ahí siempre te la acabas pegando) como en el de la “representación”. Y parece que entre unas cosas y otras podemos ir tirando (lo de “podemos”, interprétamelo bien, que ya sabes que a mí se me saltan las alarmas en cuanto asoma la palabreja).

      Eliminar
  2. Me he atrevido a escribir como agradecimiento por las explicaciones y respuestas a tantos planteamientos de enorme interés, pero no me considero con el nivel que los que intervienen, sinceramente.
    Javier,te agradezco que hayas empleado la figura de Gilgamés para ilustrar el tema porque en este mito destaco su modernidad en algunos aspectos:el efecto "educativo" del amor de la cortesana , la amistad incondicional de dos desiguales que luchan juntos, además del dolor por la ausencia del amigo y el afán por obtener una defensa contra la muerte, que le hace buscar y viajar al mundo más lejano.Al final, Enkidu consigue salir por muy breve tiempo para contarle la triste condición del mundo de los muertos.Gilgamés se resigna, le queda la experiencia del viaje y el relato de la aventura deseperada de escapar de la trampa de la muerte, pero nos ha dejado su muralla en Uruk.
    Gracias, Temujin me ha gustado mucho la fórmula del pedaleo, la idea circular me recuerda il mondo gira y nosotros debemos hacerlo también, ahora cómo cuesta cuando el ánimo decae por las pérdidas, ausencias, sobrecargas, etc...alguna propuesta que nos impulse para esos momentos...Saludos

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias, Elisa, por tu refrescante comentario. Habrás podido ver que este blog es un lugar alejado del mundanal ruido, pero no porque su gestor, que soy yo, lo quiera así, sino porque, aparte de las estadísticas, que me dicen que sí que hay alguien al otro lado del teclado (los suficientes al menos, e incluso alguno que de vez en cuando se me aparece, como quien dice, en carne mortal, caso de Temujin y pocos más), quedo abandonado a mis propias y casi solitarias inercias. Así que ver tu comentario me levanta el ánimo.

      Lo que de la epopeya de Gilgamesh o Gilgamés nos ha quedado, y de la que tú entresacas varios aspectos, es bastante críptico: el contraste entre él mismo, rey de Uruk, que representa la recién adquirida civilización, y su amigo Enkidu, que viene de un ámbito semisalvaje, es decir, de los extrarradios de Uruk que aún se mantienen en el paleolítico; la educación que lleva a cabo la cortesana (vamos, la puta de Babilonia) sobre la persona de Enkidu; la búsqueda de la inmortalidad por parte de Gilgamesh, que le hace viajar hasta los confines del mundo, y que, más o menos, es la misma pelea que llevamos todos contra el poder del olvido… total, para que, al final, acabemos rindiéndonos a ese triste poder, quedando atrapados en ese submundo que llegó a visitar Enkidu y del que dio noticia a su amigo…

      ¿Propuestas para los momentos de desánimo? Elisa, yo me acuerdo del lema de los argonautas: “Vivir no es necesario, navegar, sí”. Creo que hay que buscarse motivos concretos para tratar de conectar con la alegría de vivir; pero para cuando esos motivos concretos fallen, solo se me ocurre echar mano de la “representación” de Kierkegaard, que es algo así como tener sustitutos internos de los motivos externos. Seguir navegando, en suma. Ya sé que ahora puedes venir tú y añadir: “¡la gallina!”, que bien podría ser otra respuesta igualmente válida al acertijo. No estoy inspirado, al menos hoy, para decir algo menos etéreo o más brillante.

      Saludos cordiales

      Eliminar
  3. Somos muchos los seguidores que nos paseamos por este remanso de paz y de reflexión;ocurre que por la indecisión o pereza no nos esforzamos en entrar en el debate y desarrollar por escrito nuestras impresiones.
    Tomo buena nota del tratamiento olímpico:pedaleo y navegación, más algo de disciplina e interpretación.Muchísimas gracias por responderme de manera tan acertada, incluso sugiriendo varias opciones.Saludos y buenas noches.

    ResponderEliminar