domingo, 31 de octubre de 2010

6 DE NOVIEMBRE: EN MADRID Y EN CONTRA DE LA NEGOCIACIÓN CON ETA

Hoy me siento transgresor: empezaré por el final y acabaré por el principio. Voy a enunciar una respuesta, y trataré de que sea ella la que nos vaya llevando hasta las preguntas así como hasta los argumentos que han de mediar entre una y otras: creo –y esto es entrar ya en materia– que la historia de Occidente se superpone a la del paulatino descubrimiento de que la virtud no tiene premio, o de que, al menos, no tiene ninguna vinculación de partida con una posible recompensa. Vamos comprendiendo cada vez mejor que la responsabilidad de ser o no virtuoso le corresponde sólo al individuo (al individuo en soledad), que ya no puede éste contar, a estas alturas de la historia, con nadie que le venga a exigir aquello a lo que moralmente está obligado, ni el cielo ni el infierno están preparados para recibir a quien acierte o a quien se equivoque en la respuesta. El Iván Karamazov de Dostoievski creyó haber comprendido que "si Dios no existe, todo está permitido". Se quedó a medio camino: dejemos que Dios exista o no, pero lo que, virtualmente desde que empezó la Modernidad, ya no podemos esperar de él es que venga a decirnos lo que debemos hacer o dejar de hacer, lo que está moralmente permitido o prohibido; somos nosotros, cada uno, los que hemos de descubrirlo. A este descubrimiento es a lo que propiamente se llama libertad, y de la fecundidad de este valor dan razón las enormes conquistas políticas, científicas y estamos en camino de que también morales (esto está costando más) que conforman esta punta de lanza de la historia que es Occidente.

Llevo tiempo dando vueltas a la rueda mental que me viene avisando de que Guillermo de Ockham fue uno de los mayores revolucionarios de la historia. Cogeré sólo uno de los cabos del hilo argumental que conduce hasta esta impresión: frente al razonable Santo Tomás, vino Ockham a hacer una afirmación conmocionante, la de que Dios es un ser arbitrario, imprevisible, no sujeto a los dictámenes de la razón, sino sólo a su propia voluntad. Lo bueno y lo malo no vienen dados de antemano, pasamos a ser nosotros, los individuos, los generadores y los gestores de la moral. Una lección ésta que tienen mejor aprendida, hoy por hoy, los judíos y los protestantes (Lutero fue seguidor de Ockham), los que mejor se llevan con ese Ser arbitrario, y los que han resuelto más fecundamente (aunque muy tortuosamente y con fuertes dosis de integrismo) los tratos con un Dios así. Por eso Occidente es una creación de ellos más que de nadie.

Hay una línea de continuidad entre Ockham e Immanuel Kant, la que lleva finalmente hasta lo que éste sostiene respecto de que, como entes dotados de principios morales que somos, no debemos de esperar a que el mundo externo, objetivo nos dé la señal de cuándo debemos actuar y en qué sentido: contamos con nuestra conciencia, que se encarga de apremiarnos con sus imperativos categóricos, un a priori moral que brota de nuestro interior, y que no ha de esperar a que le respalden ni las leyes de la causalidad, ni las del realismo, ni siquiera las de la razón: uno actúa porque se lo impone su sentido del deber.

El 6 de noviembre, la Plataforma de Víctimas de Voces contra el Terrorismo convoca a los españoles a una concentración en contra de la negociación del Gobierno con ETA, una negociación que presupone que aquél acepta como contraparte negociadora a una organización que sólo tiene una cosa que poner sobre la mesa: no razones, no argumentos morales, no representación política, sólo la amenaza del terror. Una batalla perdida ésta de oponerse a la negociación: probablemente está todo negociado ya y ahora asistimos a la mera puesta en escena de lo pactado. Y este PP actual, de perfil tan bajo, no parece capaz de contrarrestar la inercia de los hechos consumados. Quizás ni lo pretenda: si no fuera así, ya debería haber advertido públicamente de que no respetaría esos pactos una vez llegado al poder… y no lo ha hecho. Y si la batalla es contra el PSOE y el PP a la vez, admitámoslo: sobretodo en el corto y medio plazo, la vamos a perder. ¿Por qué, pues, hay que dar esta batalla? ¿Qué sentido tiene combatir por una causa perdida? Preguntas éstas que tratan de poner colofón e invertido remate a unas respuestas que ya he dado más arriba.


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