Estamos asistiendo a una profunda transformación —y
descomposición— de la institución familiar en Occidente. A través de datos
demográficos, estudios psicológicos y una reflexión filosófica que recorre a
Engels, Freud, Sartre, Simone de Beauvoir, María Zambrano y Jung, este vídeo
analiza las consecuencias sociales, emocionales y culturales de la ausencia del
padre y la desarticulación de la familia tradicional. ¿Es la crisis de la
familia una simple evolución social o el síntoma de algo más profundo? ¿Qué ocurre
cuando se rompe la transmisión entre generaciones? ¿Puede una civilización
sostenerse sin padres, sin herencia y sin filiación?
El lector de Ortega y Gasset
La filosofía, la historia, la psicología, el arte, la antropología, la actualidad... de la mano, sobre todo, de Ortega y Gasset, el pensador más importante de todos los tiempos en lengua española
domingo, 15 de febrero de 2026
La DESAPARICIÓN DEL PADRE está destruyendo la familia (y viceversa)
miércoles, 11 de febrero de 2026
LO QUE DA SENTIDO A NUESTRA VIDA ESTÁ POR VENIR
“La materia de que está hecho el porvenir es la
inseguridad. Esa posibilidad necesaria y, a la vez, insegura es nuestro yo. Este, pues, lo primero que hace,
antes de darse cuenta del presente en que está, es estirarse hacia el futuro,
se futuriza, y desde allí se vuelve al presente, a las circunstancias en
que ya nos hallamos (…) Las circunstancias responden favorable o adversamente,
es decir, facilitan o dificultan la realización —la conversión en un presente—
de ese yo futurizante que por anticipado somos ya. Cuando nuestro yo
consigue en buena parte encajarse en la circunstancia, cuando ésta coincide con
él (…) es lo que denominamos felicidad. Viceversa, cuando nuestro contorno
—cuerpo, alma, clima, sociedad— rechaza la pretensión de ser que es nuestro yo
y le opone por muchos lados esquinas que impiden su encaje, sentimos una
desazón no menos amplia, no menos íntegra, como que consiste en la advertencia
de que no logramos ser el que inexorablemente somos. Este estado es lo que
llamamos infelicidad” (Ortega y Gasset[1]).
viernes, 6 de febrero de 2026
CÓMO CAMINAR HACIA EL ABISMO
Hoy el
“vale todo”, camuflado como apología de la diversidad, se ha ido convirtiendo
en parte sustancial de la opinión políticamente correcta. Podemos hacerla
arrancar esa posmodernidad de la famosa cita de Nietzsche de que “no hay
hechos, solo interpretaciones”(1).
No hay nada, pues, ahí afuera que sirva como referencia para diferenciar y
jerarquizar unas interpretaciones respecto de otras. No hay nada fuera del sujeto, podríamos decir en clave idealista. “El Yo es todo”(2),
que, anticipándose, había dicho Fichte; es decir: “la interpretación lo es
todo”, lo circunstante es inconsistente, no aporta nada (no es, como sostiene
Ortega, límite y dificultad). Así que Nietzsche pudo decir también, en esa
misma línea: “En última instancia lo que amamos es nuestro deseo, no lo deseado”(3).
Porque, en realidad, lo deseado (lo que está ahí afuera, en la circunstancia)
no es sino una invención, una construcción que hace el deseo. En consecuencia, “Vale
todo”, porque todo, esto es, lo diverso, lo informe… cualquier cosa
cumple la exclusiva función de servir de lámina de Rorschach sobre la que
proyectar lo que a cada uno le parezca. Vale todo en arte, en moral, en
política… Y por esa vía de que el deseo de cada cual resulta ser soberano va
asomando el descrédito de cualquier institución sobre la que se pueda sostener
la idea de sociedad como algo compartido. ¿A dónde iremos a parar?
[1]
Friedrich Nietzsche: “Fragmentos póstumos”, Tº IV, Madrid, Tecnos, 2010, p.
222.
[2]
Citado por Ortega en “Las dos grandes metáforas”, “El Espectador” Vol. 4, O. C.
Tº 2, p. 400.
[3]
Friedrich Nietzsche: “Más allá del bien y del mal”, Madrid, Alianza, 1980, pág.
111.
viernes, 30 de enero de 2026
SOMOS LIBRES DE SER EL QUE ESTAMOS OBLIGADOS A SER
martes, 27 de enero de 2026
LA SUBORDINACIÓN AL “QUÉ DIRÁN”
“El hombre que sabe muchas cosas, el hombre culto, corre el riesgo de
perderse en la manigua (en la abundancia desordenada) de
sus propios saberes y acaba por no saber cuál es su auténtico saber. No tenemos
que buscar lejos: éste es el caso del hombre medio actual. Ha recibido tantos
pensamientos que no sabe cuáles de entre ellos son los que efectivamente
piensa, los que cree, y se habitúa a vivir desde pseudocreencias, desde lugares
comunes a veces ingeniosísimos, intelectualísimos, pero que falsifican su
existencia. De aquí la inquietud, la alteración profunda que arrastran en el
secreto de sí mismas tantas vidas de hoy. De aquí la desolación, el vacío de
tanto destino personal que pugna desesperadamente por llenarse con alguna
convicción, sin lograr convencerse. ¿Y qué hace? Pues perentoriamente empeñarse
en convencerse de lo que no está convencido, fingirse creencias, y para
facilitar la íntima ficción, alcoholizarse con las actitudes más fáciles, más tópicas,
más de receta, que son las radicales” (Ortega y
Gasset[1]).