
En el vértice superior de la Creación mora la Unidad, el
Orden supremo, el Espíritu decía Hegel. En la base hierve y se agita de manera
caótica lo múltiple y disperso. Esa muchedumbre que habita en lo inferior no
deja de sentir la atracción, el empuje hacia lo unitario, allí donde todo pasa
a ser previsible y a estar en armonía con lo que le rodea. Todo nace de la
Unidad y vuelve a ella. Y así, cuando un árbol retoña en primavera y muestra su
exuberante pulsión hacia lo múltiple, que se ramifica y pulula, no deja que
cada hoja, cada átomo de su dispersión, olvide la unidad arbórea que los
sostiene y alimenta. Lo múltiple no es, pues, sino la capa exterior de lo
unitario, o su primera manifestación. Y si esto observamos en el espacio, no es
sustancialmente diferente lo que ocurre cuando, asomados al tiempo, vemos
desenvolverse el devenir: la base de la pirámide sería ahora el caos bullicioso
y multitudinario de los fenómenos simples, azarosos, imprevisibles,
aparentemente desasistidos del afán ordenador del Espíritu. Pero, latente, la
Unidad, el Orden, eso que nuestra mente racional es capaz de descubrir y
anticipar, tutela desde la sombra lo que acontece. La Historia no es conducida
por el capricho: desde el vértice superior de la pirámide, todo es atraído hacia
la complejidad, la regulación, la ley (Hegel decía “la libertad”)… hacia
el punto en el que la pródiga y desparramada profusión de aconteceres
individuales (de átomos de realidad temporal) de que es capaz la Creación
recuerde la soterrada Unidad que está esperándoles en el futuro.