La lejanía ha producido al hombre un vértigo inhibitorio a
lo largo de casi toda su historia; el ojo y la mente casi siempre han estado
exclusivamente adaptados a lo inmediato. La lejanía es un descubrimiento de los
tiempos modernos. Petrarca, reconocido como el primer hombre del Renacimiento,
dice Oswald Spengler que “volvía la mirada hacia los mundos lejanos,
anhelaba toda lontananza –fue el primero que emprendió la ascensión a una
montaña alpina”[1]. Y su intención al subir
al Mont Ventoux, en Provenza, fue precisamente observar la lejanía. Esa actitud
de interesada expectativa hacia lo lejano fue la que permitió los grandes
viajes de descubrimiento y exploración de Colón o Elcano. Y también las
indagaciones astronómicas de Galileo. O la aparición de la idea de progreso. Sin
embargo, todavía Giordano Bruno fue llevado a la hoguera por traer a la
consideración de los hombres la dimensión del infinito, porque volcarse hacia
lo lejano e inhabitual empezó a amenazar con la pérdida de las referencias que
sustentan el sentimiento de identidad.