miércoles, 6 de septiembre de 2017

La inseguridad de fondo que late en los grandes pensadores

Resumen - Decía el gran psicólogo que fue Alfred Adler: “Siempre que he estudiado a adultos he tenido la impresión de que en ellos quedó algo de su primera niñez y que permanecerá para siempre”. En todos los que hoy somos adultos sobrevive, con mayor o menor intensidad, el sentimiento de inseguridad que vino al mundo a la vez que nosotros. Dedicamos la vida a contrarrestar esa inseguridad, aunque nunca podremos del todo con ella. Nuestros mejores logros han resultado de la lucha contra esa deficiencia, pero también nuestras taras llevan su sello. Los grandes personajes han añadido un factor a ese denominador común de la inseguridad: ellos la han sentido de manera más extrema y lacerante. Y tal circunstancia ha producido en ellos efectos, quizás favorables la mayoría, pero también otros, a veces, perversos.
 
     La lucha en la que todos estamos implicados por conseguir alcanzar una identidad y una cosmovisión o manera de confrontarnos con el mundo con las cuales consigamos añadir a las cosas un orden y sentido suficientes, adquiere en los filósofos y en las personas en general que han logrado ir más lejos en tal pretensión unos matices y una complejidad que señalan que el caos y el absurdo que han tenido que contrarrestar para alcanzar la necesaria dosis de confianza y seguridad en su vida ha sido mayor que en los demás. Alguna razón asistiría, pues, a Emil Michel Cioran cuando decía que “la filosofía es el arte de disimular los tormentos y los suplicios propios”. El mayor esfuerzo que estos personajes han invertido en adquirir su cosmovisión acaba repercutiendo, lógicamente, en el hecho de que esta consiga tener una mayor complejidad y fortaleza. Sin embargo, al fondo de esa complejidad y de esa fortaleza, tiende a latir todavía aquel plus de inseguridad de partida, de modo que por las costuras de sus adquiridas autoconfianza y solidez, rezuman todavía los rasgos de una personalidad que sigue siendo frágil y que siente su seguridad aún amenazada, necesitada, en esa medida, del apoyo de contrafuertes artificiosos añadidos, que hacen que sus comportamientos linden a veces con la sobreactuación, cuando no directamente con la psicopatología. Lo veremos a través de la exposición de unos pocos ejemplos que venimos a extraer de una lista que podría ser mucho más larga.
     Quizás la cosmovisión más acabada y robusta alcanzada por alguien en el mundo moderno y contemporáneo sea la que adquirió Immanuel Kant con su elevada filosofía, la cual ha dejado una huella indeleble en el pensamiento de los más destacados filósofos que le han sucedido. Y sin embargo, la personalidad de Kant exudaba aquella inseguridad de partida con la que todos venimos al mundo, aunque, indudablemente en él, para bien y para mal, la había en unas dosis mucho mayores de lo normal (las necesarias para que, al ser compensadas, produjeran un aparato intelectual tan complejo y rico como el de su filosofía). Es algo que queda de manifiesto, por un lado, en algunos de sus comportamientos obsesivos y que rozaban la superstición, así como en sus llamativos temores hipocondríacos. Y por otro lado, quedaba asimismo al descubierto aquella inseguridad nuclear en el modo en que se confrontaba con quienes osaban contradecir o poner en cuestión, en alguna medida, los principios de su filosofía. A veces, para empezar, elogiaba sin reticencias el buen carácter de sus oponentes, pero enseguida empezaba a ironizar sobre sus opiniones e incluso llegaba al ataque personal. Mientras que manifestaba un gran aprecio hacia quienes se mantenían fieles a sus ideas, aquellos que, sin embargo, posiblemente porque estaban intelectualmente más dotados, se alejaban en alguna medida de sus enseñanzas y mantenían criterios propios, hacían que se sintiese traicionado, y les dedicaba críticas feroces. Entre otros, fue el caso de Fichte, quizás el más destacado de sus inmediatos seguidores, y que Kant pasó a considerar el peor de sus críticos. En una carta abierta sobre la filosofía de Fichte, citaba el proverbio: “De mis amigos, líbrenos Dios, que de mis enemigos ya me cuido yo”. Carta esta que terminaba con un correlativo panegírico de su inmortal filosofía, y en la que afirmaba: “El sistema de la ‘Crítica (de la razón pura)’ descansa sobre fundamentos plenamente seguros, establecidos para siempre”. Una seguridad, como se ve, exhibida de manera estentórea, y que hay que hay que sospechar que tiene la función de contrapesar una inseguridad de fondo.
     De Edmund Husserl, fundador de la fenomenología, decía también su discípulo y biógrafo Eugen Fink que en los debates él acababa siendo su propio interlocutor, y cuando sus discípulos fundaron un anuario de fenomenología, “llegó al extremo de declarar que el anuario se había convertido en una institución regida por el propósito de aniquilar el significado fundamental del trabajo de toda su vida” .
 
     Sobre Sigmund Freud, comenta perspicazmente en su autobiografía el que en las fechas en que se produjo la siguiente conversación, en 1910, era predilecto discípulo suyo, Carl Gustav Jung:
     “Recuerdo todavía muy vivamente cómo me dijo Freud:
     ‘Mi querido Jung, prométame que nunca desechará la teoría sexual. Es lo más importante de todo. Vea usted, debemos hacer de ello un dogma, un bastión inexpugnable’. Me dijo esto apasionadamente y en un tono como si un padre dijera: ‘Y prométeme, mi querido hijo, ¡que todos los domingos irás a misa!’ (…) Fueron el ‘dogma’ y el ‘bastión’ lo que me asustó; pues un dogma, es decir, un credo indiscutible, se postula sólo allí donde se quiere reprimir una duda de una vez para siempre. Pero esto ya no tiene nada que ver con una opinión científica, sino sólo con un afán de poder personal”. Un poder que ejerció sin concesiones sobre sus discípulos, a los que exigió fidelidad insobornable en la defensa de esa teoría sexual (y que provocó sucesivas y fulminantes expulsiones de su círculo de seguidores, incluida la de Jung). Hasta tal punto esas exigencias de fidelidad eran estrictas que en dos ocasiones en que se sintió cuestionado, precisamente por Jung, se desmayó. Detrás de todo lo cual se puede ver que la denodada firmeza en sus principios escondía una latente fragilidad.
     Uno de los casos más expresivos de todo esto que decimos fue el de Ludwig Wittgenstein (1889-1951), uno de los más destacados filósofos del siglo XX. Él creía que su filosofía había creado un antes y un después decisivos. Pensaba que había producido “un pliegue en el ‘desarrollo del pensamiento humano’ comparable al que produjo la invención de la dinámica por Galileo y sus contemporáneos, que se había descubierto un ‘método nuevo’, como cuando ‘la alquimia evolucionó hasta convertirse en química’ ”. Sin embargo, Bertrand Russell, que estaba convencido de conocerle muy bien, nos muestra que tal demostración de fortaleza intelectual y de rebosante autoestima tenía mucho de impostada, porque decía de él en 1912: “Cualquier cosa que dice, pide perdón por decirla. Sufre accesos de vértigo y no puede trabajar”. En 1914, Wittgenstein le escribía una carta al mismo Russel en la que decía: “A menudo pienso que me estoy volviendo loco”. También, reforzando esa impresión, dejó escrito lo siguiente: “Así como en la vida estamos rodeados por la muerte, así también en la salud mental por la locura”. Y definía al filósofo como “aquel que debe curar muchas enfermedades mentales  en sí mismo antes de poder alcanzar los conceptos de un entendimiento humano sano”. También dijo, en fin: “Solo cuando uno piensa incluso mucho más locamente que los filósofos puede resolver sus problemas”.
     Cuando comenzó la Primera Guerra Mundial, Wittgenstein sufría una hernia que le dispensaba de cualquier clase de servicio militar. Sin embargo, en su persistente búsqueda de autoafirmación, realizó repetidas solicitudes de alistamiento hasta conseguir que le mandaran al frente. Ganó condecoraciones por su valor. Un valor que, una vez más en el contexto de su biografía, aparece como una compensación. La otra cara de su personalidad, la que daba a su profunda inseguridad y degradada autoestima que tanto combatía y trataba de contrarrestar, queda de manifiesto en las afirmaciones que realizó más tarde de que había ingresado voluntario en el ejército como una forma de suicidio, para encontrar la muerte (ya había pensado en otros momentos anteriores en el suicidio, y también lo haría después). Según se ve, la inseguridad básica da, en casos extremos como este, a esas dos pronunciadas laderas: el autodesprecio y el deseo de desaparecer, y el heroísmo como fórmula de compensación. Correlacionando con aquella primera y degradada versión de sí mismo, al acabar la guerra insistió en donar todo lo que le había dejado en herencia su padre (uno de los más ricos industriales de Austria) a sus hermanos, y decidió, asimismo, tomar una ocupación muy humilde y hacerse maestro de escuela en una aldea. También trabajó como jardinero en un monasterio y contempló la idea de hacerse monje.
     A la vez que mordazmente autocrítico, Wittgenstein era de muy difícil trato en sus relaciones con los demás. Dice F. Pascal, uno de sus biógrafos, que “sus opiniones sobre la mayoría de las cosas eran absolutas, sin permitir ninguna discusión… Tenía una gran capacidad para la ofensa… Era difícil imaginar un hombre menos inhibido, más dado a la ira y al enfado rápido”. Asimismo, se quejaba de que tenía una gran necesidad de afecto, pero era incapaz de darlo; en medio de su soledad, se lamentaba de que aquellos que lograran entenderle lo valorarían por sus ideas, no por sí mismo. Su amigo George Moore decía: “Posiblemente no puedo hacer justicia a la intensidad de convicción con que decía todo lo que decía ni al sumo interés que suscitaba en sus oyentes”. Y sin embargo, después de cada clase “se sentía disgustado con lo que había dicho y consigo mismo”. El mismo Wittgenstein, reflejando esa extrema ambivalencia, decía de sí mismo: Derrocho un esfuerzo indecible en la ordenación de los pensamientos, los cuales quizás no tienen ningún valor”. Sus irresolubles dudas, su inagotable combate entre lo que decía y el arrepentimiento de haberlo dicho, entre el decir y el no decir, tuvo un revelador reflejo en un persistente tartamudeo que nunca le abandonó del todo. Él mismo afirmaba, refiriéndose a un ámbito más abstracto que este de su particular dificultad expresiva: “Luchamos con el lenguaje. Estamos luchando con el lenguaje”.
     Todo en Wittgenstein era demostración de un agónico combate entre sus logros y ese fondo sombrío que todos tenemos en alguna medida que se asemeja a una especie de inexorable vocación por el fracaso, una esencial vulnerabilidad que no permite nunca que alcancemos la plena confianza y seguridad en nosotros mismos. Luchamos denodadamente, incluso grotescamente, contra esta parte de nosotros, pero siempre y pese a todo, como el dinosaurio de Monterroso, sigue ahí. Y es tan poderosa que a Wittgenstein incluso le hizo rondar alrededor de la idea del suicidio frecuentemente. Pero es que, quizás, la marca de las personas sobresalientes esté, precisamente, en la diferencia en el fragor de ese combate interior que, cuando es más intenso, lleva a esas personas tantas veces a comportamientos grotescos. Decía Cioran, otro sobresaliente e incansable luchador contra sí mismo: “Los mediocres. Sólo estos viven a una temperatura normal; a los otros les consume un fuego devastador”.

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